Entrevistas

ENTREVISTA A MIGUEL REP

El desafío entre el dibujante y el guionista

Por María Perossa

No repetirse es para Miguel Rep un acto impuesto a sí mismo. Rompió con la tira tradicional donde impera el sometimiento del personaje a las distintas vicisitudes de lo cotidiano para poner al tema como protagonista.

 

MARIA: Lo que a mí me gusta especialmente de tu obra, y creo que como a tanta gente, es sobre todo la sensibilidad que tenés para hacer los dibujos, la ironía, el humor, el utilizar tantas herramientas que, creo si no me equivoco, también forman parte de tu personalidad, ¿no?

MIGUEL: Como que ya no sé dónde está el límite entre la persona y el dibujante. Por supuesto que la vida del dibujante es más pública, es más idealizada. Es como que maneja más la vida dibujándola, guionándola, que la vida misma de todos los días. El límite es inmanejable, depende de todos los factores humanos y naturales que te puedas imaginar. En cambio, dominar la creación es fácil. Uno domina, decide todo el tiempo, yo no creo que la creación, la expresión sea indómita. Es dominable. Yo sé lo que voy a publicar mañana. Lo que no es dominable es que no sé cómo me va a ir mañana como hombre, ni a mi gente, ni a mi sociedad, ni al mundo. Puedo imaginar que mañana publicaré una tira que versa de alguna situación que diseñé, se me antojó, pero no sé cómo va a estar mañana el mundo, mi sociedad, mi familia, mis amigos, ni siquiera el servicio meteorológico —que no le pega para nada—, que anunció que iba a llover y está soleado.

MARÍA: Me causo cierta gracia escucharte cuando decís que “crear es fácil”; es fácil para alguien que tiene ese don, sin lugar a duda, porque para el resto de los mortales eso es inaccesible, no nos da ni la capacidad, ni la mano para dibujar, ni la inteligencia para ejecutarlo.

MIGUEL: Sí, pero vos tenés que ponerte en mi lugar y en que esto es lo que hago desde siempre, y mantengo esta profesión. Para mí es fácil, como para otros les es fácil manejar un Fórmula 1 o andar a caballo y correr, o hacer pan. Para mí es más fácil crear, no me cuesta nada; en todo caso lo que me cuesta es la excelencia de los trabajos, que un guion o una idea sea mejor, o que sea una idea que me quiero sacar de encima, y que el dibujo acompañe lo mejor posible, que sea distinto y que no se repita. Esa es como la labor más dificultosa de vivir, pero crear por crear no me cuesta. Me cuesta más hacer un bife que crear.

MARÍA: Claro, vos decís que cada uno en su profesión sabe crear, y vos esto lo hacés con total naturalidad. Empezaste muy joven. Y bueno, has creado una serie, no solo de personajes sino de ideas muy interesantes que uno tiene la oportunidad de verlos en Página/12. Hay algo que siempre me pareció que lo tratas de forma muy aguda, muy ágil, que tiene que ver con los personajes de la vida que vas colocando, de acuerdo a lo que pensás —yo creo que viene de ahí—, en el infierno o en el paraíso. ¿A qué se debía esa creación? Yo sé que vos lees muchísima literatura, de la buena, renombrados, y quizás esto venga un poco del Dante.

MIGUEL: No. Eso es algo que empecé a hacer cuando tenía 19 años en la revista Humor ®, en plena dictadura. Yo era un tipo bastante ignorante político, pero algo percibía de la sociedad, de la dictadura. Y lo que faltaba, o no había, era justicia. Entonces se me ocurrió en ese momento, pero como un juego. Había visto un catálogo de dibujos canadiense —porque yo participaba en un concurso en Quebec y que me mandaban el catálogo donde se imprimían esos dibujos que yo mandaba, entre otros centenares de otras partes del mundo. Entonces un día me llega uno de un artista que no conozco, donde había un dibujo en que Atila subía a las nubes —yo no sé inglés, pero adivinaba que lo iba a juzgar una especie de San Pedro que lo iba a mandar al infierno, con el demonio. Entonces, se me ocurrió una historieta para ofrecerle al editor de la revista Humor ®, por única vez, que era John Wayne que llega al paraíso y lo juzgan; una historieta, no, un cuadro único. Entonces, para eso, desarrolle una historieta que se llamaba “El Recepcionista de Arriba”, en la que John Wayne llegaba y le hacían todas las preguntas, lo juzgaban, y lo mandaban al infierno. Yo tenía el conocimiento de las tres instancias de la eternidad en el catolicismo —excepto el limbo—, las tres instancias de la muerte (paraíso, purgatorio e infierno), que me sirvió para ese juicio donde al tipo lo juzgaban. Al número siguiente de la revista, el editor me pide el segundo episodio y yo que había pensado que era un chiste por una sola vez. Ahí le hice Bonavena que se había muerto tres años antes y también lo mandaba al infierno. Cascioli se asusta y no lo publica, porque Bonavena venía de una familia muy mafiosa de Parque Patricios. Estamos hablando de plena dictadura y él tenía información que yo no manejaba. Me enojé mucho. El segundo número no publiqué, pero para el tercero no entregué una personalidad famosa sino que imagine un muerto que sube las nubes, pero era un Gómez que se había suicidado. El intríngulis era: ¿qué hacemos con este suicida? ¿lo dejamos entrar al paraíso, al purgatorio o al infierno? Después empecé a entregar gente ilustre: Oski, Chaplin, Hitchcock, Dalí; y así siguió un año la historieta, yo siempre pensando en esa cosa donde te morís y hay una justicia divina que te manda a alguna instancia ficticia. Pero yo no había leído al Dante, aunque tenía una idea de lo que era la Divina Comedia. Es más, en una historieta que yo propuse para la revista Zoom le presente un boceto a Andrés Cascioli del Dante juzgado pero nunca me lo aceptó, nunca lo publiqué. Y no sé ni adónde fue a parar, creo que fue inconclusa. Ahí, como que me quedó la cosa de dibujar “La Divina Comedia” y me propuse algún día leerlo en profundidad, cosa que hice en 2014.  Después de dibujar en un largo aliento “El Quijote” en 2006, me anime a “La Divina Comedia”.  ¿Y por qué elegí esos clásicos? Porque están llenos de imágenes dibujables, no solo por ser buena literatura sino porque hay muchas imágenes que te invitan a desarrollarte como dibujante con argumentos de otro. En cambio lo que yo hago hace casi 34 años en Página/12, es seguir mis guiones, mis tiras, mis caprichos, e ilustro lo que yo hago como guionista. Es un trámite diferente. Después hay que ver si el dibujante que hay en mí está a la altura del guion. A veces lo supera, porque el guion no es tan fuerte. Pero lo ideal es que los dos se acompañen bien y no se note si es mejor el dibujo o el guion, como en una buena obra teatral o película, ninguno tiene que destacarse más en su rubro.

MARÍA: Qué interesante eso del desafío entre tu ilustración y tu guion; es muy curioso… nunca lo había escuchado de ningún historietista.

MIGUEL: Porque la mayoría de los dibujantes que hacen tiras tienen un mundo muy diseñado que no requiere de demasiadas armas. Tienen un personaje, una hilera de personajes, a los cuales les tiran los temas; por ejemplo, las vacaciones. El nenito responde  de una manera, el adulto responde de otra manera, el perro de otra manera, pero el tema sigue siendo las vacaciones. No hay demasiadas audacias como dibujante sino que los personajes repetidos acompañan la idea. Es casi como la misma caligrafía mental. En cambio yo, que directamente rompí la tira de seguimiento de personajes y mundos que se repiten todos los días, un día hago una historia que tiene que ver con el gueto de Varsovia y al otro día hago algo con Colón llegando a Jamaica; y al otro día hago un niño azul y después vengo al COVID. Eso significa que el dibujante tiene que estar a la altura de esos cambios de guiones… son cambios climáticos, son cambios de tema, son cambios de mirada, de ángulos. Es ponerme a mí mismo en examen, en desafíos, tanto en los guiones como en los temas. No es lo mismo trabajar una escena de un bosque nocturno que trabajar el nacimiento de un arcoíris, o dibujar la vida de dos insectos que se cruzan en una planta, o dibujar algo que está ocurriendo en una estación espacial, son distintos  climas todos.  Todos los días me pongo a ver cómo responde el dibujante a la propuesta del guionista, que soy yo mismo.

MARÍA: Claro. Es un desafío constante, porque es cambiar todo el tiempo de clima, no repetirte, porque eso es otra cosa que hacés, no te repetís sobre el mismo tema. Por ejemplo, del Covid hiciste muchísimas historietas e inclusive cuadros  separados, que los vemos en Facebook o Instagram, y no es reiterativo. En ese sentido, el desafío es muy grande.

MIGUEL: Yo creo que más que desafío es una cosa de despabilamiento. Te pegas un sopapo y te decís ¡guarda que te vas a repetir! Por ahí después hay callos que te aparecen en las manos o fórmulas que aparecen en los guiones, eso es el riesgo de seguir  personajes, la fórmula. Es un tema el Covid, se lo tiro a un adolescente que lo hace rebotar en las redes y las redes le devuelven algo que tiene forma de Covid; es un temón, pero ¿por qué hay que ponérselo siempre a un personaje? El Covid puede ser puesto en marcha gráficamente desde la angustia de una madre que tiene Covid y está por parir, o el laboratorio donde descubren que hay un virus nuevo, o los bichitos que son sospechados de haber introducido esa pandemia en los humanos o el día que vencimos al Covid, o la historia de dos vacunas que van a tener poca vida pero que van a salvar. Hay muchos prismas para un solo tema, ¿por qué tengo que ceñirme a uno? Para mí eso es fácil, pero para otros creadores es difícil salir de eso. Para mí, el desafío es ser coherente y tener un trámite más tranquilo de seguir algo, un largo aliento de algo. Por eso cuando hago un libro, que es un largo aliento, me sorprendo de haber tenido esa concentración, porque ese cambio o despabilamiento del que hablo que por momentos puede ser elogioso, lindo, también puede ser desconcentración o aburrimiento. Es según el tema. Yo he probado temas que digo ¡huy que filón tengo acá! Y estoy trabajándolo, capaz un mes, y a la quinta tira no tengo nada más para decir, y eso no sé si esta bueno. Eso significa pobreza argumental, un vocabulario paupérrimo. También sé que no puedo escribirte una novela, puedo escribirte un artículo largo, un artículo de tres páginas. Ahora estoy ensayando escribir un cuento de trece capítulos, en trece páginas, y realmente me cuesta mucho escribir porque yo soy más visual, de la imagen. He reemplazado muchas palabras por imágenes por culpa del dibujo y a la hora de utilizar las palabras tengo un súper yo dibujistico que me dice: —No  aprendiste cómo desarrollar un soliloquio de una angustia existencial como Hamlet, vos lo resolvés en dos trazos y en cinco palabras. Pero la verdad es que un soliloquio profundo se resuelve dramatúrgicamente con palabras.

MARÍA: Bueno, lo que pasa es que estás influenciado por la profesión que elegiste, te es natural la imagen, el dibujo, el tratamiento de la temática por ese lado. Por otra parte, lo que uno ve cuando conversa con vos es ese poder de autocrítica constante que tenés. Estas diciendo no sé escribir, estas palabras son pobres…

MIGUEL: No es autocrítica, es autoanálisis. No me castigo, no me siento mal como estoy. Simplemente analizo por qué tengo facilidad para algunas cosas y dificultad para otras. Entonces, como que meto toda mi vida en ese análisis. Debe ser porque de chiquito yo era muy tímido, muy fóbico y todo lo expresaba con dibujos; en la adolescencia era súper tímido y seguí dibujando. Con los dibujos resolví situaciones, empecé a ganarme la vida, y entonces me apoyé mucho en la imagen, en el grafismo. Hay dibujantes que se pasan la vida haciendo dibujos mudos, y resuelven situaciones a lo Chaplin, que es buenísimo pero a la hora de funcionar socialmente, de tener diálogos, tienen mucha quedadez. Yo eso no lo quiero para mi vida, yo quiero tener vocabulario, quiero saber preguntar, quiero responder y quiero seguir escribiendo mi expresión, no tener limitación técnica. La falta de palabra es una limitación técnica. Si yo me propongo una historia larga que solo puede ser contada por medio de palabras, como una novela, tendría que hacer un esfuerzo para tener más palabras, más sintaxis. Así como estoy, como dibujante puedo morirme ya, pero hay cosas en las que me veo limitado. Pero no es autocrítica, es simplemente saber encontrar dónde está la debilidad, dónde está la expresión y el arte o la artesanía, no quiero tener límites.

MARÍA: Me quede pensando mucho en todo esto que has dicho, cuando decís que esa capacidad de análisis que tenés que no es autocrítica sino análisis. Vos hiciste un personaje que se llamaba Gaspar, al cual lo sometías al psicoanálisis.

MIGUEL: ¿Someter al psicoanálisis? Pobre personaje, ¿no? [Risas]. Ya dejé de dibujarlo, porque en algún momento corto con el psicoanálisis por alguna maniobra secreta de la tira y la gente se quedó sin sustento del psicoanálisis. Luego dejé de dibujarlo porque no había mucha letra para él nuevamente. Para mí es una situación muy fácil someterlo al psicoanálisis, humor con psicoanálisis es una situación fácil, yo la exploté mucho. Woody Allen y otros la explotaron mucho. Lo que pasa que si yo vuelvo a hacer situaciones de psicoanálisis tengo que darle alguna vueltita más de tuerca, no con el psicoanálisis ortodoxo, sino más heterodoxa, más Lacaniana. Pero ahí tendría una limitación de público porque no establece complicidad. Para que haya humor tiene que haber complicidad. Si yo hago a Gaspar hablando del nudo borromeo me voy a  una especialización que más que en Página/12,  lo debería publicar una revista Lacaniana. Es una mecánica que no quise explotar más, porque ya me estaba repitiendo y no descubrí algo nuevo, y otros humoristas podrían hacerlo. 

MARÍA: Contanos un poco sobre Lukas, ¿cómo surgió?

MIGUEL: Surgió como dibujo, me atrajo a dibujar esa telaraña, el hambre. Nació de mi afición por The Cure, por haber ido a verlos, y un día necesité ese personaje en una tira escolar. Lo puse con un guardapolvo y me gustó dibujarlo, enseguida me dio un alma. Me dio un decir que yo no había desarrollado en mi vida y que era una oscuridad y una poesía maldita que yo tenía dentro mío y lo pude sacar con él. Lukas es muy honesto con esto, tiene una manera de pensar y una filosofía de vida sin querer ser filósofo, tiene una ética y estética muy limitada que tiene que ver con haber sido arrojado a la vida: no pedí que me arrojaran, tampoco voy a renunciar ni me voy a matar, porque esta vida hay que sufrirla y cuando me toque irme, me iré. Pero mientras tanto quiero padecerla, porque la vida es triste. Esa es su filosofía exagerada, la que lo hace ser humorístico al personaje. Es un chiste, donde depositamos toda la tristeza que es vivir; por supuesto no podemos estar veinticuatro horas viviendo como Lukas, pero sí tenemos muchos momentos como él, donde nada tiene sentido.

MARÍA: Me encantó la idea de convertirlo a Lukas en lapicero, porque de alguna manera trasladaste esa imagen a una tridimensión, y justamente con los lápices y las tintas, con eso con lo cual vos le diste vida. Es como una especie de sincretismo en ese lapicero, tan simpático aparte…

MIGUEL: La cabeza de Lukas alberga muchas cosas, ha albergado piojos, mariposas marchitas, hojas,  hasta pelotas de futbol porque cuando jugaba al fútbol, en un absurdo se esconde la pelota ahí y cruzaba la línea del arco para hacer gol, total el corría y no se le veía la pelota. Es un lindo derrotero, que ahora guarda lápices.

MARÍA: Desde los egipcios que utilizaban el símbolo para expresar una idea hasta hoy, la imagen tiene una fuerza y una capacidad de sintetizar pensamiento y sentimiento. De ahí ese famoso dicho que dice “una imagen vale más que mil palabras”, no porque las palabras sobren o no sean necesarias sino que la imagen es contundente.

MIGUEL: Pensá que no hay tanta distancia instrumental entre el bisonte que hace aquella gente en la caverna y esa pintura portuaria que tenés detrás tuyo. No hay tanto, hay un grafito, una superficie, una mano y una expresión. En ese momento la expresión era tengamos miedo al bisonte o conozcamos al bisonte para ver cómo lo cazamos y comemos, en tu caso es una actitud portuaria porque hay un riachuelo, hay agua, hay humo, hay un atardecer, hay decisiones del artista para transmitir y conmover. Eso sigue siendo más o menos lo mismo. Siempre hay una historia que contar, un planteo, un desarrollo y un final, pero básicamente ese es el punto de generar un arte, como el cómic en 1896 o el cine en 1898.

Para los que quieran tomar el taller, tienen que mandar un mail a miguelrep@gmail.com,  y ahí van a contestarles cómo hacer la inscripción.

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