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PISAC COVID-19 SOBRE LA ENFERMERÍA Y LOS CUIDADOS SANITARIOS PROFESIONALES

Enfermería no se calla más

Por María Pozzio

Entre el silencio y la demanda colectiva, una larga historia de empoderamiento de les profesionales de la salud

Antes de la pandemia por Covid 2019, la típica postal de la enfermería era la famosa imagen de la enfermera que pide, amorosamente, silencio. Hecha cuadro y replicada una y mil veces en paredes de consultorios u hospitales, poco se sabe sobre la producción de esa imagen y sobre todo, de su simbología. Según una revista de los años setenta, Paralelo 38, en el año 1947 un visitador médico de la empresa Taranto tuvo la idea. La imagen de una enfermera pidiendo silencio se le ocurrió ante el barullo constante en la sala de espera de un hospital rosarino. La cara de la foto es la de la modelo profesional argentina, Muriel Mercedes Wabney, quien había trabajado para otras campañas publicitarias como, por ejemplo, la de la tienda Harrods. La empresa no lucró con la imagen y quizá por eso se volvió tan famosa y ubicua. El éxito del mensaje puede haber tenido que ver con la belleza de Muriel, que el creador de la imagen calificó como “dulcemente autoritaria” y, por qué no, con la fuerte asociación entre la enfermería, las mujeres y esa actitud de orden y servicio. Ideas y símbolos que la fotografía encarna y ha contribuido a reproducir. La enfermera, pulcra, servicial, que pide silencio.

Desde aquella fotografía a hoy, la salud pública, las mujeres y la enfermería han cambiado, y mucho. Parte de esas transformaciones se pusieron en evidencia durante la pandemia de Covid 19. Personal considerado esencial; presentes en el “frente” de batalla durante los picos de contagio; centrales durante la vacunación masiva; en el ojo de la tormenta cuando la gente tenía miedo y recibieron agresiones en sus propios vecindarios… Las y los enfermeros se volvieron noticia también porque dejaron de pedir silencio y empezaron a reclamar. Por medidas de bioseguridad, por condiciones de trabajo, por los bonos y el salario, por el reconocimiento a una labor profesional y jerarquizada. Algunas de sus protestas, entre 2020 y 2021, atrajeron la atención de la opinión pública, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, donde el reclamo apuntaba fuertemente a su inclusión en la carrera profesional y no como personal administrativo.

Las condiciones laborales y el reconocimiento, el modo singular en que el género como orden atraviesa el trabajo de la enfermería y las representaciones sociales en torno al mismo —que son similares a las que configuran el cuidado en general en nuestras sociedades— son algunos de los temas que investigadoras de 16 nodos de todo el país relevamos en una investigación de la Convocatoria PISAC-Agencia, bajo la dirección de Karina Ramacciotti. Como investigadora del nodo UNAJ entrevisté a enfermeras que pasaron por las aulas de nuestra universidad, a estudiantes, y también a docentes y actuales trabajadoras y trabajadores de enfermería del Hospital El Cruce. Una de ellas es Gladys, enfermera universitaria graduada de la UNAJ y trabajadora de un hospital público de la ciudad de Buenos Aires. Está terminando su tesina para obtener el título de licenciada en Enfermería (también en la UNAJ). El tema que le interesa estudiar en su trabajo final es el papel de la enfermería en la atención de la salud de la población trans. 

Gladys, con su barbijo y su militancia, trepada a las rejas del congreso, puño en alto, diciendo con el cuerpo y la frase de su tapa boca que ENFERMERÍA NO SE CALLA MÁS. Una mujer enfermera que ya no pide silencio. Que pide lucha. Una imagen en las antípodas de aquella clásica de Muriel Mercedes Wabney. Y con ella, la de las enfermeras reales del siglo XXI. 

Gladys en el Congreso – Fotografía: Julieta Bugacoff

Una estudiante de la UNAJ.

Gladys ingresó a la UNAJ a estudiar enfermería cuando tenía 42 años. Era comerciante y vivía en Burzaco, pero tenía familia en Varela, donde había hecho el secundario, así que no lo dudó. Como muchas de las estudiantes de las carreras de salud, su interés profesional llegó por la cercanía con un caso de enfermedad: cuidó a una amiga, paciente oncológica, durante 5 años. En esa experiencia “descubrí que tenía la capacidad y fui enamorándome del arte de cuidar”. Se graduó con el título de enfermera universitaria en 2015 y enseguida comenzó a trabajar, primero en un sanatorio prestador de PAMI, y también brindando servicios de cuidado a domicilio. Remarca: “es un trabajo que requiere mucha responsabilidad, porque no hay respaldo de un equipo, la enfermera está muy sola, la hora se paga muy mal y las prestaciones se cobran con dos meses de atraso. Claro que para muchas y muchos, es el comienzo, para hacer experiencia” Pero, ni bien pueden, como fue el caso de Gladys, empiezan a trabajar en una institución. Si es pública, mejor. Como la universidad. De su paso por la UNAJ, Gladys dice que “fue abrazador, contenedor, movilizador…en el sentido del esfuerzo, veía gente cabecear en el teórico, porque venía de trabajar, yo misma con los hijos en casa, mi negocio, ir y venir…pero así y todo, entra una persona a la universidad y sale otra: en lo emocional y en lo académico”.

Esa persona que salió de la UNAJ con su título era otra, capaz de ponerle el cuerpo a la lucha y la protesta, como lo muestra la fotografía tomada por Julieta Bugacoff en la ciudad de Buenos Aires en diciembre del 2020. “Eso te lo da la Universidad” dice Gladys y no hace referencia sólo a saber cómo deben ser las cosas, qué es la ley de derechos del paciente, cómo es la teoría, lo importante de defender la matrícula con una práctica profesional seria y comprometida, sino también otra cosa: “como estudió, una sabe detectar cuando las cosas no se están haciendo bien, y así vas, y te animás a decirle a otro colega, a salir en defensa de otro colega, a salir en defensa, contra el atropello de derechos”. Y esos atropellos son constantes. Gladys habla de cómo enferma y angustia el pluriempleo; del modo en que se truncan, por falta de tiempo o financiación, la continuidad de las carreras académicas; de la violencia “intramuros”, en los propios servicios; del salario que no alcanza…de todo lo que no se ve, como un iceberg, en una profesión que —me dice— no tiene el debido reconocimiento, pero que es hermosa y noble.

Universidades conurbanas, enfermería y politización.

Saber técnico, jerarquizado, profesional. Y la socialización universitaria… algo más difícil de acreditar, que no está en ningún estándar formal ni queda guardado en el CV, pero igual existe. Gladys menciona lo importante de actualizarse, compartir, interactuar… dejarse abrir la cabeza. La formación universitaria atraviesa los cuerpos, las emociones y las historias personales. En términos de articulación de políticas públicas, la necesidad de formación de personal de enfermería para el sistema de salud se engarzó con la creación de las Universidades del Bicentenario. Así, se estipuló que allí donde se abriera una universidad debía dictarse la carrera de Enfermería. Mucho empezó a cambiar: esas  jóvenes universidades que aspiraban a la inclusión, se colmaron de estudiantes y las carreras de Enfermería, como en el caso de la UNAJ, fueron la tracción de esa masificación. En ese marco muchas mujeres ingresaron a la universidad. Mujeres (y también varones) que se formaron y graduaron como enfermeras universitarias o como licenciadas en Enfermería, y que durante la pandemia pusieron el cuerpo y el saber. Mujeres como Gladys, que luchan por el reconocimiento de su profesión. Que ya no piden silencio. Porque la Universidad enseña y empodera. Y la enfermería, como dice el barbijo de Gladys, no se calla más.

Acerca de la autora / María Pozzio

Docente-investigadora de ICS-UNAJ, miembro del Programa de Estudios de Género (PEG-UNAJ) y autora de “El sanitarismo en femenino: la trayectoria de Débora Ferrandini”, capítulo incluido en Mujeres, saberes y profesiones. Un recorrido desde las Ciencias Sociales. Argentina, siglo XX. Coordinado por Karina Ramacciotti, Ana Laura Martin y Graciela Quierolo, Biblos, 2019.

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