Notas

EN EL 45° ANIVERSARIO DE SU MUERTE

Arturo Jauretche, el principio y el fin

Por Ernesto Salas

El 27 y 28 de diciembre de 1933, los convencionales del radicalismo se reunieron en la ciudad de Santa Fe. Tenían que decidir si continuarían negándose a presentar candidatos en las elecciones fraudulentas de la dictadura del general Agustín P. Justo o levantarían la abstención del partido. Unos meses antes, la muerte de Hipólito Yrigoyen, había activado en los grupos insurgentes del partido el entusiasmo por una insurrección popular.

En la noche correntina, a la vera del camino, un grupo de radicales vela sus armas. Los reflejos lunares proyectan tan solo la sombra del bosquecito en el que se refugian. Del pequeño ejército original queda en pie este puñado de combatientes entre los que se encuentra Arturo Jauretche, ese joven abogado de ojos claros y pelo enrulado. El cansancio los ha vencido pero aun sueñan despiertos. Desde la mañana vienen marchando bajo el sol enemigo del verano correntino, luego de cruzar el río desde el Brasil, kilómetros abajo de donde  están ahora. A la media tarde paran en una estancia amiga a reponer fuerzas. Arturo se ocupa de conseguir el agua y llega con una carreta con tachos llenos.

Desde que se conoció la noticia del desembarco una columna del Ejército los acecha, y cuando vuelven a marchar les tienden una emboscada cerca del arroyo San Joaquín. El tiroteo llega por sorpresa a la columna radical. Por uno de los flancos los ataca un grupo de infantería del Ejército que al instante se repliega hacia un montecito. El coronel Roberto Bosch, que conduce el grupo insurgente, decide lanzar sobre ellos la caballería pensando en un combate sencillo y cae en la trampa. Porque los que simulan la huida los van guiando hacia una lomada en la que tienen instalada una ametralladora que los barre sin piedad desde la altura. El combate se prolonga en la siesta, desigual, sangriento. Muchos revolucionarios pierden la vida, allí, en el llamado combate del San Joaquín.

Pero Bosch no está para rendirse y pese a la derrota reagrupa a los restantes y, decidido a cumplir con su deber, sigue avanzando hacia Paso de los Libres, a esta hora alertada de que grupos radicales han lanzado una insurrección que se extiende por varias ciudades del litoral. Luego de la pausa nocturna, con las luces del alba, la columna invasora se adentra por las calles libreñas tiroteándose cada tanto con los defensores, tratando de ganar el centro. A la media mañana, con otros muertos mediante, ya saben que están derrotados. En la huida la mayoría se lanza al río para cruzarlo a nado. Pero Jauretche sabe que no lo va a lograr y trata de zafar sorteando los piquetes que los buscan por los alrededores. Pero no hay escapatoria y el cerco se cierra sobre ellos, siendo capturados finalmente por la policía.

En los meses siguientes se le atolondra la memoria y va hilvanando el poema con el que recuerda aquellos sucesos. Una imagen lo acompaña, entre otras. No la puede quitar de la cabeza: “y así; al que estaba en el suelo / lo apretaban con las patas, / y levantado del pelo / le ponían la ‘corbata’ / y no era mejor la suerte / de aquel que sano lo hallaban / pues, por variarle la muerte, / parado lo degollaban”.(1) O la figura del comisario Bello, que en la comisaría tenía colgada de un alambre la oreja de un misionero como recuerdo, y en una cadenita había acumulado los relojes que le había robado a los muertos.

Mayo de 1974, cuarenta años después. En los últimos días de su vida Jauretche está angustiado por los sucesos recientes. El 1º de mayo Perón y los Montoneros han hecho estallar finalmente las contradicciones de una relación ya firmemente deteriorada con la muerte de Rucci en septiembre de 1973. A partir de allí los enfrentamientos se sucedieron: en enero, en la provincia de Buenos Aires, con la renuncia del gobernador Bidegain; en febrero con un levantamiento policial en Córdoba que desplazó al gobernador Obregón Cano. En esos días de mayo recibe la trágica noticia de que un comando de la Triple A ha acribillado a tiros al padre Carlos Mugica. El pacto social propuesto por Perón cruje, empiezan a faltar los productos y crece la especulación.

En este contexto hay una escena que reproduce Norberto Galasso en su biografía. Se trata de algunos diálogos de Arturo con su sobrino, militante de Montoneros y que en ese entonces tendría la misma edad que el Arturo de Paso de los Libres. Arturo persistía –escribe Galasso de acuerdo al relato de Rogelio García Lupo- en convencerlo de que habían adoptado un método erróneo y allí se mezclaba la experiencia política con el afecto que sentía por el familiar cercano. Ernesto permanecía impertérrito en su posición y en determinado momento, Jauretche le dijo, con acento dolido: “¿Y de ustedes, qué va a ser de ustedes?”…El sobrino hizo un silencio y luego repuso, como dominado por el fatalismo: “A nosotros…Sí, quizás a nosotros nos van a matar a todos…”. (2)

Estas dos escenas, el joven Arturo Jauretche combatiente radical derrotado en Corrientes y el pensador y militante maduro de los últimos días, experto en derrotas, enfrentado al dilema de preservar unido el movimiento por el que había luchado toda la vida, angustiado por el destino no solo de sus seres queridos sino del mismo movimiento popular, retratan la intensidad del final de su vida militante.

El Jauretche de la juventud, enfrentado a las decisiones de su propio partido, dispuesto a jugar la vida en la lucha armada contra la dictadura para dar testimonio de su voluntad combatiente, contrapuesto al Jauretche que el 23 de mayo en Bahía Blanca recibe a dos jóvenes montoneros quienes le exponen su concepción de la lucha y a los que Jauretche les responde: “Ustedes caminan muy ligero y en política no es conveniente caminar ligero, precisamente cuando son muchas las paredes que hay que derrumbar. Yo tengo los años del siglo y todavía estoy predicando, con fe en lo que va a venir, aunque no sé si lo veré”. (3)

Cuenta Galasso que en esos días los amigos lo notaron triste “de una tristeza íntima, no confesada”. Se le notaba en la mirada, reflejando en su rostro cansado la gravedad de los sucesos que vivía, con la “conciencia de que estaba asistiendo al final de algo, al aniquilamiento de una esperanza”. Sin embargo, ante los críticos seguía defendiendo a Perón como a comienzos de los cincuenta, cuando lo desplazaron de su cargo y dejaron de escucharlo, temiendo –ahora como entonces-  que la crítica fuera mal interpretada y favoreciera a los sectores reaccionarios que esperaban el fracaso del proyecto popular. Atípico militante que anteponía el interés de todos por sobre la conveniencia personal. Era lo que había hecho siempre. En su juventud había comprendido que la política era contingente, que no se trataba de colocar la vara tan alta y pregonar sueños de imposible realización, que no se trataba de soñar con la redención humana sino de dar los pasos necesarios para que fuera posible pisando el barro de la política, a la que nunca renunció. Su congoja sigue representando la angustia de aquellos tiempos. Murió en la madrugada del 25 de mayo.

1 Arturo Jauretche (2013), El Paso de los Libres, Buenos Aires, Corregidor, p. 87

2 Norberto Galasso (1997), Arturo Jauretche. Biografía de un argentino, Rosario, Homo Sapiens, pág. 300.

3 Idem, pág. 304

Acerca del autor Ernesto Salas

Ernesto Salas
Licenciado en Historia, Universidad de Buenos Aires. Director del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Es autor de los libros: La Resistencia Peronista: La toma del frigorífico Lisandro de la Torre (1990), Uturuncos. El origen de la guerrilla peronista (2003); Norberto Habegger. Cristiano, descamisado, montonero (2011, junto a Flora Castro), De resistencia y lucha armada (2014); Arturo Jauretche. Sobre su vida y obra (Comp.) (2015)  y ¡Viva Yrigoyen! ¡Viva la revolución! (2017, junto a Charo López Marsano).

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