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EL SUJETO CONTINGENTE Y LA BATALLA CULTURAL

Los que viven de los que trabajan

Por Ernesto Salas

La ley del aporte solidario de las grandes fortunas ya tiene sanción en Diputados y la semana que viene se trata en Senadores. Salen voces a defenderlos. ¿Por qué a una parte de la opinión pública le gusta la diferencia?

 

“Gente de trabajo, pero de confianza”

Publicidad de la firma Cincotta, circa 1970/80

 

Cuando el 17 de octubre Mauricio Macri afirmó que el peronismo se había convertido en “el partido de los que no trabajan” le llovieron las respuestas de combate habituales, del estilo burlón de “mirá quien habla” o “lo dice don Reposera”, comentarios fáciles para la tribuna del Twitter, el Facebook o Instagram, que se cierran sobre sí mismos, que nunca reflexionan acerca del porqué, lo que para algunos resulta odioso para muchos otros resulta agradable a su pensamiento. Transitando ese camino, un día nos desayunamos con que Macri era presidente. Más que burlarnos de los mensajes de los otros, propongo con humildad tratar de entender el porqué del avance de aquellas interpelaciones.

En primer lugar, todavía hoy muchos compañeros no aceptan que las representaciones simbólicas en las que se fundan los sentidos de la nueva derecha para interpretar la realidad tienen correspondencia con algunos cambios objetivos y materiales ocurridos en las últimas décadas. Y, en segundo lugar, que ello se ha ido instalando en el sentido común como una manera de representarse la sociedad que difiere ampliamente de la que dábamos por generalizada en el pasado. La derrota  de los movimientos populares no ha sido inocua. Nada es igual a lo que en algún tiempo ha sido.

Analizar los sentidos ideológicos de la derecha neoliberal a la luz de las modificaciones de la estructura material nos permitirá entender mejor la aceptación y el alcance de su fuerza interpretativa. Tal vez el descubrimiento más inquietante resulte del hecho que, como la mayoría de los cambios culturales, esta se produjo por  el reordenamiento de núcleos de significados de gran potencia que en el pasado formaban parte de nuestro patrimonio simbólico. 

Los rubios sostienen a los morochos
Presentación del Ministerio de la Producción durante el gobierno de Mauricio Macri

 

Se trata de una nueva/vieja interpelación que postula la división de la sociedad argentina entre “los que trabajamos” y “los que viven de nuestro trabajo”. Pero, en este caso, los últimos no son los patrones que antaño configuraban el antagonismo sino aquellos que quedaron fuera del mercado laboral; y esto es diferente de aquella otra, constitutiva del peronismo y la clase trabajadora durante la segunda mitad del siglo veinte. En esta mutación de significados se puede vislumbrar cómo, en el lapso de cincuenta años, la estructura social argentina se ha transformado de manera radical. 

Trabajadores

En 1944, el coronel Perón, en un discurso de  ante los obreros carniceros, afirmó:

Nosotros dividimos el país en dos categorías: una, la de los hombres que trabajan, y la otra, la que vive de los hombres que trabajan. Ante esta situación, nos hemos colocado abiertamente del lado de los hombres que trabajan”.

Y la noche del 17 de octubre de 1945, se dirigió a la multitud que lo había estado esperando con estas palabras: 

“Muchas veces he asistido a reuniones con trabajadores, pero esta vez sentiré un verdadero orgullo de argentino, porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Nación […] Ha llegado el momento del consejo. Trabajadores: ¡Únanse…! Sean más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse en esta hermosa tierra la unidad de todos los argentinos”.

Trabajadores con Eva Perón

 

La respuesta social a esta interpelación anidaba en la experiencia histórica que se había ido gestando en los ochenta años anteriores. Ernesto Laclau ha interpretado este fenómeno como el momento propiamente populista que, a la vez que constituía el sujeto clase trabajadora=pueblo, animaba su antagonista. En efecto, ser trabajador era reconocerse no solo en la propia historia personal sino en un opuesto que la justificaba y reforzaba, en la clásica división entre explotados y explotadores. En un “Nosotros: la clase que trabaja”, enfrentada a un “los otros: las patronales, la oligarquía” que vive a costa del esfuerzo de la masa de laburantes, los ricos. Fue la expresión de la experiencia material y simbólica concreta de la conciencia de clase de aquel momento determinado.

Hacia 1970, como consecuencia de la expansión sindical y las conquistas obtenidas, la generalización de las relaciones salariales formales y la universalización de la seguridad social (jubilaciones, pensiones y obra social) abarcaban al 75% de la población. A ello habría que sumar la baja desocupación (con su influencia sobre el alza de los salarios) y la preeminencia numérica de la clase obrera manufacturera entre la población económicamente activa. La representación simbólica de estos acontecimientos había adquirido la fuerza de una identidad social y política que caracterizó los cuarenta años posteriores de influencia del peronismo y de los sindicatos en la vida cotidiana de los sectores populares y generó lo que sociológicamente se ha dado en llamar el “empate hegemónico”.

Trabajadores II

Las políticas destinadas a quebrar ese empate determinaron la tragedia argentina reciente, genocidio de la dictadura mediante, en consonancia con la expansión del globalismo a nivel mundial, y resultaron en una catástrofe social. En 2001 apenas el 50% de la población trabajaba con plenos derechos, un porcentaje similar vivía en la pobreza, la desocupación había superado los dos dígitos y la tercerización había hecho descender numéricamente a la clase obrera de su posición de primera minoría entre los asalariados.

Marcha de trabajadores de la economía popular

 

Veinte años más tarde, pese a las políticas de redistribución y de recuperación del trabajo habidas entre 2003 y 2015, este no volvió a la formalidad del pasado, sino todo lo contrario. Los nuevos puestos de trabajo conservaron en su mayoría la precariedad laboral existente. Más del 35% de la población trabaja en condiciones de informalidad, una parte considerable tiene asistencia del Estado y han crecido todo tipo de micro emprendimientos individuales desligados de la estructura formal que constituía el salariado.

Con este escenario material como fondo, resulta posible la instalación del nuevo sujeto del sentido común de la derecha: “los que trabajamos”. Se trata de un sujeto diferente a la vieja “clase trabajadora” porque su antagonista es el que ha cambiado. La apelación a la distinción entre un nosotros, los “que nos esforzamos, que sacrificamos parte de nuestras vidas para ganar el sustento para nuestras familias”, y el culpable de nuestras desgracias, la gran masa de “aprovechados que no trabajan” y viven de los impuestos —siempre excesivos— que nos sacan a nosotros”.

El problema es que esta mirada impregna políticamente a una amplia capa de laburantes que trabajan de sol a sol, generalmente empleados de comercio, cuentapropistas, los que hacen changas o los propietarios de pequeños comercios, sin conciencia de clase porque no tienen experiencia colectiva de trabajo, a los que les machacan que la culpa de la situación la tiene ese otro del cual quieren a toda costa diferenciarse.

A ellos va dirigida la interpelación que configura un nuevo sujeto social emprendedor y meritocrático. Ahora “trabajadores” se ha convertido en un opuesto, no a los explotadores sino a aquellos que “al no trabajar” son parásitos que viven de nuestro trabajo. El egoísmo reinante en esta época post utópica colabora para la captación de nuevos sentidos. 

En su origen el concepto de meritocracia era una idea enfrentada a la aristocracia del privilegio heredado; contraponía la “aristocracia del talento” a la “aristocracia de la sangre y la herencia”. Pero la construcción ideológica que supone la existencia de una  nueva élite del éxito, la de los ganadores, triunfa también en un sentido inverso, habilita al mismo tiempo la distinción y el desprecio por el otro,  el “por algo será” (del éxito o del fracaso) tan persistente en la cultura del medio pelo argentino. 

Las nuevas formas del trabajo

Las tareas de la etapa

Antes se decía así: tareas de la etapa. Y ello mismo denotaba una unidad en la que se podían fijar acciones políticas necesarias a un fin que denominábamos común. Si queremos construir un sentido en contra del individualismo, un futuro en el que limitemos nuestro yo individual al colectivo de un nosotros posible, debemos encontrar una fórmula para convocar a un sujeto histórico contingente, diverso en cada ocasión, coyuntural, elusivo.

Lo que pasa es que en esa convocatoria política tiene menos fuerza la vieja apelación a los “trabajadores”, porque este es un término en disputa y en ello reside el mérito de la nueva derecha argentina de confrontarnos un nuevo sentido al concepto virtuoso, positivo, del trabajo. La respuesta, por supuesto, no puede ser renunciar a la apelación de “trabajadores” que aún hoy nos legitima, sino que hay que encontrar la manera de ampliar nuestra base política interpelando también a aquellos que han sido incorporados de manera subordinada en el bloque de poder. No hay que regalarles a nuestros adversarios la representación de la autopercibida “clase media”. Lo que en algún momento llamamos “batalla cultural”, pero en serio.

Acerca del autor Ernesto Salas

Ernesto Salas

 

Licenciado en Historia, Universidad de Buenos Aires. Director del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Es autor de los libros: La Resistencia Peronista: La toma del frigorífico Lisandro de la Torre (1990); Uturuncos. El origen de la guerrilla peronista (2003); Norberto Habegger. Cristiano, descamisado, montonero (2011, junto a Flora Castro), De resistencia y lucha armada (2014); Arturo Jauretche. Sobre su vida y obra (Comp.) (2015)  y ¡Viva Yrigoyen! ¡Viva la revolución! (2017, junto a Charo López Marsano).

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