conferencias

IGUALDAD Y EQUIDAD DE GÉNERO

Si la revolución no es feminista no es revolución

Por Adriana Salvatierra

Adriana Salvatierra es presidenta del Senado del estado Plurinacional de Bolivia y Licenciada en Ciencias políticas. La que sigue es la charla que dio en la UNAJ sobre el papel de la mujer en la política latinoamericana

 

Quisiera reflexionar acerca de cómo en Bolivia se logra alcanzar los que se consideran objetivos del desarrollo del milenio. Uno de ellos la paridad y equidad en la participación política de las mujeres. Bolivia ocupa el segundo lugar en el mundo –nos ha desplazado por un poquito Cuba- en niveles de participación política. Estamos construyendo para que dentro del Foro Económico Mundial, cuando se califica a los países de acuerdo a las condiciones que brindan para garantizar condiciones de igualdad y equidad entre hombres y mujeres, Bolivia esté en el puesto número 17. Detrás de eso no hay solamente modelos económicos, decisiones políticas. Y no hay solamente lucha y movilización de los colectivos de mujeres. Detrás de eso hay historia.

Para comprender la complementariedad entre el hombre y la mujer en Bolivia desde nuestras culturas es importante hacer énfasis en algunos elementos que hacen a la construcción cultural que tenemos para alcanzar esto. Un primer elemento es un antecedente histórico importante, el libro, manual de nosotros los marxistas, El Estado, la familia y la propiedad privada de Federico Engels. Lo central es la desmitificación de la familia de carácter heterosexual, funcional, madre, padre, hijos. La primera división en la historia del trabajo es la división sexual del trabajo y ello explica cómo se construye, a partir de los diferentes modos de producción, el Estado, las relaciones sociales y también las relaciones de género en torno a la realización de las diferentes labores y en relación al trabajo. Así se va articulando lo que para nosotros los latinoamericanos llega con la imposición colonial, la sociedad occidental, el rol de la mujer, establecido como indica la sociedad colonial y determina el concepto de familia, que viene de famulus, que es el conjunto de esclavos alrededor de un hombre.

Pero esa es la configuración de la sociedad occidental. Cuando nosotros revisamos la historia de nuestros pueblos indígenas, particularmente en Bolivia en la que algunas de las naciones más importantes precoloniales eran aymaras, quechuas, guaraníes. Nosotros tenemos 36 naciones indígenas con diferentes formas de organizar la sociedad, organizar el trabajo, diferentes formas de percepción de la tierra, no como un medio de producción sino como el territorio donde se produce la cultura: el árbol, el río donde me bañé, la tierra donde se criaron mis abuelos, el suelo donde crecí, dónde cultiva mi familia, cómo reproduzco mi historia a partir de mi comunidad. Asumimos que las naciones más grandes, tanto  quechuas como aymaras tenían una lógica del rol de la mujer y el hombre –aun con cierto carácter de heteronormatividad- complementada con un principio fundamental, el chacha-warmi: Chacha, varón, Warmi, mujer que incorpora el principio de la complementariedad. Trasladado a nuestra lógica, el sentido de la complementariedad pasa por el reconocimiento de que uno es la mitad del otro y que, necesariamente, si en la sociedad la mitad del pueblo son varones y la otra mitad son mujeres, eso se tiene que traducir en la lógica de organización de la sociedad.

Complementariedad hombre – mujer en la independencia 

En 1780, Túpac Catari y Bartolina Sisa, líderes de la lucha contra la colonia –aymaras ambos- plantearon la lógica de la representación y de la disputa en esta complementariedad. Incluso en tiempo de guerra. Ambos combatían al frente de diferentes ejércitos,  y ambos organizaron el cerco a la ciudad de La Paz un año después. Y no había la lógica de que Bartolina Sisa se hiciera cargo de los heridos de guerra mientras Tupac Catari se hacía cargo de iniciar la avanzada del ejército. No. Había una lógica de complementariedad de las tareas.

Ese mismo año, en 1780, nace Juana Azurduy. Y ella, también con esta lógica de complementariedad, tampoco se hacía cargo de los heridos de guerra, también comandaba los ejércitos. Dos hijos murieron de hambre, otros dos hijos murieron de difteria, el quinto hijo lo pario en medio de confrontaciones bélicas. Y junto a Asencio Padilla, como muchos de los combatientes patriotas, transitaban entre el sur y el oriente de Bolivia hacia el norte argentino. En Santa Cruz tenemos una historia en común con Argentina. El que está en la plaza principal de la ciudad, Ignacio Warnes, era argentino, enviado por Belgrano en el segundo Ejército auxiliar argentino, gobernador de Santa Cruz que en tres años de gobierno planteó medidas sumamente importantes. Algunos historiadores bolivianos lo refieren como adelantado en los tiempos al Che Guevara. Porque expropió las tierras de la Iglesia y se las transfirió a los campesinos, devolvió los territorios a los pueblos indígenas, eliminó las deudas de los mozos con los patrones, abolió la esclavitud. En un pueblo de diez mil habitantes conformó un ejército de 2500 soldados, de mujeres, de hombres libres que conocieron la libertad de la patria que les dio Warnes. El ejercito de los pardos libres, comandado por el zambo Vélez, afrodescendientes. Confiscó dos campanas de la iglesia y con ellas hizo cañones y morteros de guerra. Al caer Ignacio Warnes en la batalla de El Pari, en 1816, sus otros dos comandantes, Cañoto y Colorado Mercado, se incorporan a las guerrillas de Membiray y Saipurú en el chaco boliviano y después al Ejército de Güemes. Había un sentido de integración en la lucha por la libertad, en la lucha por la independencia, en la construcción de una noción de patria para los habitantes.

Las luchas por el sufragio

En Bolivia, en el caso de Juana Azurduy, no existió un reconocimiento de la lucha de la mujer, aunque miles de mujeres combatieron en los ejércitos independentistas, miles de mujeres defendieron la libertad que conocieron con la patria. Pero al momento del Acta de independencia, el 6 de agosto de 1825 no apareció en la foto una mujer. En el cuadro del Acta de la Independencia de Bolivia, todos con corbata, traje militar y la sotana del cura. La patria se constituye de espalda a las mujeres, de espalda a los pueblos indígenas, de espalda a los afrodescendientes. En Bolivia, esa noción occidentalizada que menosprecia la participación de la mujer, estuvo vigente desde 1825 hasta 1952 cuando se alcanza el voto universal. Es más, fue tanto el atrevimiento de la república que una votación antes pusieron a prueba el voto de la mujer para ver cómo votaba. 127 años para que nosotras conquistemos el derecho al voto. Y desde 1952 en adelante, en ese proceso revolucionario de MNR, que distribuyó tierras, que nacionalizó las minas, que impulsó la profundización de la democracia incluyendo la participación, no solo de la mujer sino de gente que antes no votaba porque no sabía leer ni escribir, porque no tenía propiedades ni derecho a ir a la escuela.

Las luchas y la reforma constitucional

Desde 1952, pasando por los períodos de dictadura de la década de los setenta / ochenta o los noventa, a partir de la emergencia en 1985 de una débil democracia, empieza a articularse todo un movimiento social en Bolivia. El 15 de agosto de 1991, los pueblos indígenas del oriente boliviano marcharon por “Tierra, Territorio y Dignidad”, para que la república reconociera la demanda de los títulos colectivos de la tierra y  hacer saber que los pueblos indígenas del oriente boliviano no deseaban el esquema de propiedad individualista de una persona = un título agrario. Que los títulos fueran para el pueblo, para el pueblo chiquitano, para el pueblo ayoreo, para el pueblo guaraní. Cuando demandaban eso ante el gobierno les decían: No se puede, porque no está en la Constitución. Y entonces comprendieron que era necesario cambiar la Constitución. Ellos planteaban que su lógica de democracia comunitaria fuera respetada por el Estado y no fuera atravesados por los partidos políticos, que la violentan cuando entienden la democracia como un acto individual, asumida además con una lógica liberal de construcción de la misma. Y también decían que querían que fueran las asambleas las que decidan los representantes, los diputados, los asambleístas. Y les decían que no se podía porque no estaba en la Constitución. Y cuando las mujeres planteaban…ya no hablemos de cuotas, porque entre nosotras hubo una ruptura con un feminismo de carácter liberal que lo único que buscó fue la representación política pero no se cuestionó las relaciones de clase, no se cuestionó las relaciones de subordinación que estableció la Colonia y que se mantenían durante la República. Entonces, cuando las mujeres campesinas plantearon la igualdad de género, de construir las condiciones para la equidad de género, también les decían que no se podía. Había que cambiar la Constitución.

En 2002 fue la primera movilización y marcha por la Asamblea Constituyente, conscientes de que esa república que se constituyó en 1825 nunca comprendió la composición real del pueblo boliviano, nunca comprendió que el pueblo boliviano no era una sola nación, que había 36 Naciones con lógicas distintas, con cosmovisiones distintas que se articulaban dentro del territorio de lo que ahora es el Estado Plurinacional de Bolivia y que merecían el reconocimiento de sus prácticas culturales, de sus territorios, de sus formas de democracia, de sus formas de economía. Y fue en la Asamblea Constituyente -y aquí solo me voy a enfocar en el tema de género- en la que nosotras logramos garantizar la incorporación del principio de paridad y equidad de género. No está en una ley que puede ser modificada de acuerdo a la voluntad de un gobierno de turno. Está en la Constitución, en la normativa más importante del Estado.

Muchas de las mujeres campesinas no hablaban de feminismo, hablaban del derecho a que todos seamos iguales. No tomaron nuestra bandera morada, asumieron que la mujer además de ser mujer luchaba por la igualdad porque era indígena, campesina y pobre. Y quería los mismos derechos políticos de representación que el resto de los bolivianos. Nosotros lo entendemos así, no es solamente las condiciones de opresión por ser mujer. Si sos mujer, si sos pobre y además sos indígena o afrodescendiente hay triple carga sobre ella. El Estado reconoce esto y constitucionaliza este principio. En toda la normativa de desarrollo, a partir del nuevo Estado Plurinacional, con la sanción de nuestra normativa en enero de 2009, se incorporan los principios de paridad y de equidad de género. Es más, el lenguaje de la Constitución Política del Estado habla de bolivianos/bolivianas, siempre hay femenino y masculino. Esta lógica de complementariedad chacha – warmi. Toda la construcción de políticas públicas transversaliza estos criterios y ofrece entidades que garanticen el ejercicio de la igualdad de condiciones entre hombres y mujeres.

Refundar el Estado

Este año se recuerdan los cien años del nacimiento de Eva. Si bien muchos la recordamos porque en el 51 ella junto a millones de mujeres por primera vez depositan su voto por Perón, Eva trabajaba sobre la base de tres pilares: sindicalismo, mujer y política. Nosotros hemos comprendido con nuestra revolución democrática y cultural, con la referencia de la revolución nacional de 1952, que los derechos de las mujeres están íntimamente ligados a los destinos de la Patria. Nosotras no concebimos hablar de derecho de las mujeres si no hablamos de la lucha articulada con el movimiento campesino, el movimiento indígena, el movimiento de los trabajadores. No nos sirve tomar solamente la bandera de la agenda de género si esta lucha no se articula con la de otro conjunto de sectores y establece relaciones de fraternidad, de hermandad y de fuerza conjunta para destruir los esquemas de dominación que subsisten de diferentes formas. En el ejemplo de Eva, la lucha de la mujer estuvo ligada a la lucha sindical y política. Nosotros comprendemos que en Bolivia los derechos conquistados de las mujeres obedecen a  la generación de un tiempo de revolución, el tiempo que nostras vivimos con el presidente Evo Morales. Indígenas que no tenían carnet de identidad, que no existían para el Estado, hoy son autoridades electas por su pueblo. Trabajadores que antes, con la ley general del trabajo, estaban supeditados al libre mercado y por tanto a la libre contratación, hoy el Estado Plurinacional garantiza sus derechos. Articulamos la lucha de las mujeres, incluso a la lucha por los derechos de la madre tierra. No es un proceso que pueda ir solo, por su propio cauce, sin tomar en cuenta el contexto revolucionario. Logramos la paridad y la igualdad cuando la Asamblea Constituyente se planteó refundar el Estado. No la planteamos mediante una ley, porque eso no nos servía. Junto a nosotras estuvo el movimiento campesino, el movimiento indígena, los trabajadores del país y las diferentes banderas que faltaban por plantar para construir un Estado plurinacional. Creemos que la lucha en materia de género tiene que ser de carácter continental.

Mujeres y revolución

Decía que los avances de las mujeres se dan en un contexto revolucionario. Solo tres países tenemos más del 50% de las mujeres en los espacios legislativos: Bolivia, por nuestra Asamblea Constituyente, por nuestra revolución democrática y cultural; Ruanda, después de un genocidio tremendo, y la Revolución Cubana, donde también priman los principios de articulación de las banderas de solidaridad de los pueblos, de entrelazar las luchas de los sectores excluidos y discriminados por la sociedad. Por eso es que nosotras creemos que solo en un proceso revolucionario es que se puede cuestionar realmente al patriarcado. Aun cuando la respuesta sea violenta, porque en el caso de Bolivia no es una taza de leche el que tengas al 51% de las mujeres en espacios legislativos; hay casos de acoso y violencia política tremendos. Pero el principio está instaurado, es un paso que nostras hemos dado y que, sin lugar a dudas se ha asentado en la conciencia del pueblo boliviano, fundamentalmente en la conciencia de las mujeres en el marco de una lucha integral, y que debe ser una bandera irreversible para nuestros pueblos. Tenemos una historia que nos permite entender el por qué de la complementariedad. Esperamos nosotras que los pasos que hemos dado puedan ser el camino que transiten el resto de los países hermanos y que las mujeres tengamos mejores condiciones de participación, tengamos la mitad de la representación porque somos la mitad de un pueblo y entendamos que si la democracia no es paritaria no es democracia. Y si la revolución no es feminista, no es revolución.

 

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