Notas

HISTORIA Y TESTIMONIO

Memorias enfrentadas

Por Ernesto Salas

Recuerdo que, cuando era chico, en mi casa sólo se hablaba de Perón para criticarlo. Crecí escuchando relatos y opiniones de hechos que apenas conocía, pero que en boca de mis padres y sus amigos se me figuraban historias vívidas, llenas de imágenes, como en una película…

 

 

“En esos momentos el teniente Spinelli distinguió que por la avenida del bajo avanzaba hacia la Casa Rosada un grupo de hombres con una bandera y algunas armas gritando ¡La vida por Perón! Me choca su agresividad –rememora- y decido darles el gusto. Inició el fuego con una ráfaga de su pistola ametralladora […] y produjo en ella varias bajas y su dispersión.”

En: Isidoro Ruiz Moreno: La Revolución del 55. Tomo I

 

La vida de mi papá se trastocó. Además era una época en que el dolor se profundizaba más para los familiares de las víctimas […] no se podía hablar, no se podía decir lo que estaba pasando, no se podía reclamar nada. ¿Quién se iba a animar con tanto pánico que había?

Daniela Marino, nieta de Juan Carlos Marino, víctima del 16 de junio de 1955

 

Los unos

Recuerdo que, cuando era chico, en mi casa sólo se hablaba de Perón para criticarlo. Crecí escuchando relatos y opiniones de hechos que apenas conocía, pero que en boca de mis padres y sus amigos se me figuraban historias vívidas, llenas de imágenes, como en una película. El relato de lo que había sucedido el 16 de junio de 1955 me viene en retazos.  Contaban que Perón había llamado a la gente a concurrir a  Plaza de Mayo, aunque en otra versión se decía que las personas que allí estaban habían ido a ver un desfile de aviones, por un motivo que nunca pude retener. Cuando supo que empezaría el bombardeo contra la casa de gobierno, Perón había huido a  refugiarse en un sótano del Ministerio de Guerra, por lo que los amigos de mis padres –y ellos mismos- lo consideraban un verdadero cobarde. En mi imaginación infantil me representaba la imagen del dictador temeroso, temblando, escondido en un sótano, escuchando a lo lejos el estruendo de las bombas que caían. Un aspecto de su mentalidad, que corroboraba el carácter perverso de la historia que escuchaba, era que –según el mismo relato- había sido el propio Perón el culpable de los muertos de ese día por no haber desalentado  la llegada de los obreros de la CGT a la zona que estaba siendo bombardeada, aun a sabiendas que los estaba mandando al matadero. Los que de esta forma contaban los sucesos –de más está decirlo- no sólo habían estado a favor del alzamiento  sino que consideraban a Perón un tirano sádico y asesino. El corolario de ello era también terrible. La noche de ese mismo día, el dictador  había clamado venganza y lanzado a la calle a una horda de matones que atacaron e incendiaron las iglesias católicas. Otra vez imágenes en mi cabeza, personas bailando entre las llamas disfrazados con las ropas del culto.

Tal fue el compromiso de mis viejos con la posición que habían asumido en aquellos acontecimientos que en mi casa abundaban libros y objetos que rememoraban aquellas jornadas. En un ropero había un pedazo de hierro que alguien había levantado de los restos incendiados de una iglesia el día después. En la biblioteca  se guardaban los libros que reflejaban las luchas que se habían desarrollado contra la tiranía y a favor de la libertad. En reuniones familiares, se contaba la anécdota de mi tío –el hermano de mi viejo- que, enterado de la noticia de que había empezado el alzamiento, arrancó un cuadro con la imagen de Perón, que estaba colgado en la oficina del ministerio en el que trabajaba, y lo hizo añicos contra el piso. Por eso lo habían despedido, aunque fue rehabilitado unos meses más tarde cuando el golpe finalmente triunfó.

 

Los otros

Raúl López, Tito, era jefe de la Secretaría Privada en la Secretaría de Prensa y Difusión y era peronista. La Secretaría tenía sus oficinas en la Avenida de Mayo, cerca de la plaza. La primera alarma de lo que estaba sucediendo les llegó con el estruendo de las explosiones. Un compañero de trabajo que venía de la calle avisó que los aviones estaban bombardeando, que había muertos por todos lados, y salieron a ver si podían ayudar. Mi mujer recuerda que desde que era chica sabía que su padre había estado internado en un neuropsiquiátrico, aunque vagamente –hay cosas que no se les cuenta a los chicos-. Tito fue toda su vida un hombre reservado. Ella sabía que su padre era peronista por algunas referencias pero no era algo que se decía públicamente entre vecinos de clase media. En el colegio, la mayor parte de sus compañeras traía de sus casas una memoria antiperonista y, aunque ella estaba orgullosa de que su padre fuera partidario de Perón, no lo confesaba a nadie. Finalmente, a fuerza de preguntar, supo que Tito, como consecuencia de lo que vio ese día, había entrado en una profunda depresión, por lo que había sido internado en un neuropsiquiátrico hasta el mes de marzo o abril de 1956. Mientras estaba con licencia médica no podían despedirlo, pero de todas maneras una patota irrumpió en la casa de sus padres en la avenida Gaona –donde él vivía- y revolvieron todo buscando algo que, al parecer, no pudieron encontrar. Quince días después de que le dieran el alta en el hospital recibió el telegrama de despido. Una noche, tiempo después, lo arrancaron de la casa y lo llevaron frente a los miembros de una comisión investigadora para que denunciara supuestos ilícitos del área de gobierno en la que trabajaba. A su hija le dijo que nunca les hubiera contado nada a esos. Después la vida continuó, Tito consiguió un nuevo trabajo, se casó, tuvo hijos. No fue un militante activo de la resistencia. Vivió de manera casi clandestina su identidad política, hasta comienzos de los setenta. En esta época, mi mujer lo recuerda radiante ante la posibilidad del retorno de Perón, sin aquella sombra que lo había acompañado por tantos años. Recién entonces, ella se animó a decirle a una compañera del colegio que su padre era peronista.

 

Autora: Nora Patrich

Memorias

Los relatos de familia ocupan un lugar importante para la comprensión de las redes en las que se configura y procesa la memoria. Complementarios de estos, se encuentran los relatos que recibimos en la escuela de nuestros compañeros, quienes a su vez también los escuchan de sus padres. Son el primer acceso a la memoria política histórica de una generación, la de nuestros padres y abuelos. No es igual para todas las familias ni la recepción es la misma, pero forja nuestro primer relato; y son de difícil acceso al investigador  pues pertenecen al campo de la oralidad, un tanto subestimado respecto del lenguaje audiovisual o el texto escrito. La importancia de estos relatos reside en que nos permite acercarnos a la persistencia, en el mundo privado, de lo que no se puede afirmar públicamente. En la historia de mi suegro –y de lo que su hija sabía de él- es posible ver la forma en que la identidad, clandestinizada, refluye a los ámbitos de la vida mínima. En la familia se procesan las voces y los silencios, lo que se puede y lo que no se puede decir en sociedad. Se preservan los mitos.

Es una comprobación de los estudios de memoria que una versión de un acontecimiento histórico se transmite socialmente y puede persistir por décadas. Muchos historiadores han verificado la resistencia de versiones falsas de un hecho pese a sus esfuerzos por combatirlas con pruebas documentales, como corroboró, entre otros, Alessandro Portelli al estudiar los sucesos de la llamada Masacre de las Fosas Ardeatinas. El mito, la leyenda, puede  reemplazar con el tiempo a la verdad.

 

Autor: Lajos Szalay

 

Con el bombardeo del 16 de junio sucedió que la historia oficialmente difundida  en los años siguientes correspondió con los años de proscripción del peronismo. Los sucesos posteriores a septiembre de 1955, la prohibición del partido, de sus voces, de sus nombres, de sus canciones y sus símbolos, provocó el reflujo de esa memoria a los ámbitos privados. De todas maneras, es necesaria una aclaración. Por una cuestión meramente cuantitativa, durante el período de la proscripción, no fue lo mismo vivir la identidad peronista en la clase obrera que entre los sectores medios donde los peronistas eran minoritarios, como le sucedió a Raúl López. En los años siguientes, la única memoria pública de lo sucedido en la jornada del 16 de junio de 1955 se basó en los sentidos que la oposición antiperonista triunfante le había dado a los acontecimientos. Motivados por el triunfo de la revolución, en un primer momento estos sentidos fueron recopilados en un volumen que contenía los volantes y principales textos antiperonistas que habían circulado los meses previos al golpe. En estos documentos se encuentran algunas claves de su memoria posterior.

Cito los párrafos correspondientes al día del bombardeo. En el panfleto ¡Camarada soldado!, sin fecha, pero escrito entre junio y septiembre de 1955, se lee: “Hoy, cuando todavía está caliente la sangre de los que cayeron el 16 de junio, mientras humean las cenizas de nuestras iglesias profanadas y destruidas, nos dirigimos a ti en este primer mensaje, que quiere reemplazar al abrazo estrecho del hermano en la nacionalidad y en las armas […] El 16 de junio demostró que la fuerza real de poder y de decisión que hay en el país es el Ejército. Ese día vimos como el tirano omnímodo se refugió demudado y tembloroso vistiendo ropas civiles, en nuestro Ministerio, buscando amparo entre los hombres a quienes como un infinito Judas había traicionado una y mil veces.” En No cabe conciliación con la Tiranía aparece el hecho de la quema de las iglesias sin referencia a lo sucedido durante el día: “¿Puede el Ejército justificar […] el mantenimiento de un Gobierno que organizó fríamente, con anterioridad al 16 de junio […] el incendio, saqueo, profanación y destrucción del palacio Arzobispal y de los templos más venerables de la Patria, entre cuyos muros y archivos se conservaba todo el historial de la Nación desde la hora inicial de la Conquista?” O la directa apología de los héroes del bombardeo, en este escrito del dirigente radical Ernesto Sanmartino desde su exilio uruguayo: “La fortaleza inexpugnable de ayer, erizada de cañones y bayonetas, custodiada por matones y lacayos a sueldo, luce hoy los boquetes que le abrieron los heroicos  muchachos de la Marina. Bajo las nubes que casi rozaban los rascacielos de la ciudad babilónica, desafiando la metralla y la artillería antiaérea, introduciendo sus máquinas en un verdadero callejón aéreo de la muerte, esos chiquilines irresponsables de la Marina de Brown y Azopardo, escribieron una página de epopeya. Cuando se les acabaron las bombas y la nafta y se encontraron con las bases copadas y, lo que es peor,  con la defección de las demás fuerzas armadas comprometidas en la revolución, esa juventud magnífica que vindicó el nombre de argentino ante el mundo, aterrizó en el Uruguay.”

Autora: Nora Patrich

Un dato relevante es que la mayoría de los volantes no hace hincapié en las bombas del día, centrando la atención –y la crítica- en la quema de las iglesias por la noche. Una excepción es el panfleto 101, Responsabilidad de Perón y la CGT en la matanza de Plaza de Mayo: “¿Por qué motivo […] Perón permitió que la C.G.T., con criminal inconciencia, convocara al pueblo a Plaza de Mayo…? […] Una sola cosa explica esta infamia: Perón creyó que a la vista del Pueblo, la Marina de Guerra desistiría de sus propósitos. Es decir, que una vez más, Perón utilizó a los trabajadores como escudo de sus designios…”

La quema de las iglesias será uno de los acontecimientos centrales de esta memoria. En el dictamen de una de  las Comisiones investigadoras formadas después del golpe para investigar los supuestos ilícitos del gobierno peronista se hace referencia a esa noche: “… durante  la noche trágica en que Perón mandó quemar la bandera argentina, la curia y los templos católicos […] fueron llevados insanos a dichos lugares para vestirlos con los ornamentos sacerdotales y soltarlos por las calles de Buenos Aires con un aberrante propósito blasfemo…”. El asalto y quema de las iglesias la noche del 16 de junio generó entre los antiperonistas una profunda indignación que puso en segundo plano la memoria de los cientos de muertos y heridos, víctimas de las bombas de los aviones. En el volante 118 de la compilación, “Perón debe abandonar inmediatamente el poder y ser sometido al enjuiciamiento público”, se convocaba a la insurrección ciudadana con el siguiente argumento: “Perón atropella las personas, las familias, los bienes de los argentinos, destruye las instituciones, manda saquear y quemar monumentos históricos, roba, confisca y asesina, prostituye la juventud, anula la libertad, somete los diarios, ahoga la voz de la oposición. Y usted permanece con los brazos cruzados ante tanta ignominia. […] “En la Argentina, ya no hay más que dos bandos: de una parte, los argentinos decentes, de la otra Perón y su banda  de ladrones y asesinos.”

Durante los años siguientes, la memoria antiperonista del 16 de junio no permaneció inmutable ni permeó a todos por igual. Sin embargo, sus principales fundamentos pueden reunirse entre los siguientes:

  • La marina de guerra atacó la Casa de Gobierno. Los pilotos fueron héroes.
  • Al comenzar el ataque, Perón huyó y se refugió en un  sótano del Ministerio de Ejército.
  • Al conocerse la declaración de guerra de los rebelados, la lucha debió haberse desarrollado entre dos fuerzas militares, pero Perón decidió la participación de la población. Perón y la CGT convocaron a sus partidarios a la Plaza y con ello fueron responsables de sus muertes.
  • Perón había organizado con anticipación que turbas de matones y enfermos mentales incendiaran los principales templos de Buenos Aires.
  • La quema de las iglesias fue un acto aberrante mucho peor que el bombardeo.

Finalmente, en septiembre de 1955, cuando un nuevo levantamiento acabó por la fuerza con nueve años de gobiernos peronistas, en la mentalidad y la moral del sector de la población que apoyó el derrocamiento, los cientos de muertos causados por las bombas adquirieron el sentido de un costo necesario para alcanzar la victoria contra una tiranía oprobiosa.

El peronismo no volvió rápidamente al poder. En el largo período de dieciocho años que siguió entre la caída de Perón y su regreso, la vida de hombres como Raúl López siguió andando. Aunque él, como tantos otros, mantuvo su memoria rumiante los sucesos del 16 de junio empezaban a alejarse y la vuelta del peronismo, con la figura de Perón proponiéndose como un “león herbívoro” y con un  lenguaje pacificador, no habilitaba a la memoria de la masacre. Si muchas agrupaciones partidarias hacían hincapié en el recuerdo de los muertos de la Plaza, lo hacían como fondo de un enfrentamiento creciente y cada vez más violento al interior del propio movimiento peronista. La dictadura de Videla volvió a cortar los lazos de la memoria con aquel pasado con el recurso simple de prohibirla nuevamente. Aquella memoria volvió a refluir hacia el subsuelo.

El renacer democrático de 1983, de la mano de Raúl Alfonsín,  propuso que para encarar la construcción democrática había que expulsar los demonios violentos del pasado reciente, fueran cuales fueran su origen y sus justificaciones. Y luego, en el período neoliberal de Carlos Menem, éste se abrazó con los viejos enemigos del peronismo como el almirante Isaac Rojas, por lo que no parecía el momento más adecuado para ejercer la memoria de los muertos por el bombardeo de la Plaza.

Por otro lado, el debate sobre el inicio del ciclo de violencia política cerrado en 1983 también incluyó si éste había comenzado a causa de la masacre de Plaza de Mayo. Fueron particularmente los peronistas los que radicaron en los acontecimientos de ese día la legitimidad de la respuesta popular violenta frente a los crímenes de sus enemigos. Para los militares y sus aliados, por el contrario, habían sido las organizaciones armadas, tanto del peronismo como las de  izquierda, las que los habían colocado en la necesidad de defenderse de una agresión que era internacional y se encuadraba en los  intereses de las potencias contendientes de la Guerra Fría por el control mundial.

La Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, la Democracia Progresista y los conservadores fueron los cómplices civiles del golpe del 55 y alabaron el bombardeo del 16 de junio. Algunos de sus militantes habían formado parte de los comandos civiles que actuaron ese día y sus dirigentes formaron parte de los órganos de consulta de la dictadura. Por lo que su interpretación posterior sobre la violencia política eludió la crítica de sucesos en los que ellos mismos habían participado.

Autor: Daniel Santoro

En el caso de las fracciones juveniles de la izquierda, que desde comienzos de los sesenta iniciaron la crítica de las posturas de los viejos dirigentes, socialistas y comunistas, eligieron interpretar que la historia comenzaba en el momento que habían llegado a ella. Desde su perspectiva, si alguna fecha se imponía como el inicio del espiral de violencia que había cruzado a la sociedad argentina, ésta era la del golpe de 1966 con la prohibición generalizada de la actividad política y la irrupción de la represión en las universidades en la conocida Noche de los Bastones Largos. Otra vez, los muertos del 16 de junio y la ola de indignación que se alzó en una parte de la población eran parte de un pasado que no había logrado llegar hasta su presente.

La historiografía no estuvo al margen. Profesionales considerados serios, fueron incapaces de abordar acontecimientos que los tuvieron como actores. Tulio Halperín Donghi, uno de los historiadores cuyos trabajos han tenido el mayor reconocimiento académico de sus pares, camina sobre aceite cuando quiere narrar los acontecimientos del 16 de junio. En su libro La democracia de masas, en un intento “equiparador” detalla  las bombas caídas en la Plaza en un sólo párrafo. Luego se detiene con minucia ocupando una página entera para narrar la quema de las iglesias de la noche del mismo día.

A una parte de la población, entre la que se contaba mi familia, le pareció peor el gobierno de Perón que la Marina de Guerra matando centenares de personas a pleno día. En la confrontación de estas memorias se sustenta el conflicto profundo de la Argentina contemporánea. A partir de 2003, en un nuevo ciclo peronista, la persistencia de la memoria que fija el evento como el mayor atentado terrorista del siglo veinte ha rescatado los nombres de los caídos, se ha materializado en textos, investigaciones, documentales y, finalmente, luego de 53 años, en un monumento memorial. Sin embargo, el cambio de gobierno en 2015 augura otras miradas y habilita la corrección política de otras memorias de la grieta. Las historias continúan.

Acerca del autor/a / Ernesto Salas

 

Ernesto SalasLicenciado en Historia, Universidad de Buenos Aires. Director del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Investigador de la historia argentina reciente en el campo de los conflictos sociales y políticos de las décadas del cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX. Es autor de los libros: La Resistencia Peronista: La toma del frigorífico Lisandro de la Torre (1990), Uturuncos. El origen de la guerrilla peronista (2003); Norberto Habegger. Cristiano, descamisado, montonero (2011, junto a Flora Castro) y De resistencia y lucha armada (2014).

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