Notas

Las radfem y los límites del progreso

El feminismo que irrita

Por Mariela Solana

En los últimos días, la irrupción de las feministas radicales volvió a poner sobre el tapete un tema que muchxs creíamos saldado: el lugar de travestis, transexuales y personas trans en el feminismo. En este texto no me interesa tanto discutir qué es el feminismo radical –para eso, hay notas excelentes como la de María Luisa Peralta en La tetera (1), la crítica de Marlene Wayar en Página12 (2) o la entrevista de Marta Dillon a Catalina Trebisacce en ese mismo periódico (3)– sino indagar sobre los afectos que este tipo de feminismo despierta en quienes nos irritamos, indignamos y enfurecemos con su postura. ¿Qué hacemos, el resto de lxs feministas, cuando se invoca el movimiento que defendemos para agredir y vulnerar a compañerxs de lucha (como las personas trans y lxs trabajadorxs sexuales)? ¿Cómo puede ser que en el nombre del feminismo se impulsen acciones que nos llenan de orgullo y otras que nos avergüenzan y horrorizan?

Quienes ya asistimos a varios Encuentros Nacionales de Mujeres hemos escuchado una historia conocida: hubo un momento en que los Encuentros eran transfóbicos y transexcluyentes pero ahora las cosas han cambiado. Esta imagen progresiva de los Encuentros, no obstante, se resquebraja si tenemos en cuenta las agresiones que durante muchos años vienen sufriendo y denunciando las trabajadoras sexuales en el transcurso de los talleres. Quizás sea hora de revisar el discurso del progreso.

Este tipo de relato sobre los Encuentros es afín a otra narración que suele circular en el mundo académico y en los estudios de género. Esta narración sostiene que el feminismo de la segunda ola era un movimiento blanco, cisexual, heterosexual y clase media incapaz de atender a la complejidad y las diferencias del referente mujer. Con el surgimiento del feminismo negro, lesbiano, los estudios trans y la teoría queer, en cambio, el feminismo fue paulatinamente virando hacia un reconocimiento del carácter interseccional de la subjetividad. Clare Hemmings, en La gramática política de la teoría feminista (2018), afirma que este tipo de relato progresivo no sólo exagera los males del pasado sino que construye una posición presente (la posición, básicamente, de quien escribe esta historia) crítica, superadora e incontaminada por los vicios del ayer. De modo similar, aunque para referirse a la historia de la sexualidad, Eve Kosofsky Sedgwick también cuestiona la estructura temporal de lo que ella denomina “narraciones unidirecciones de suplantación”(4). Este tipo de relato historiográfico está interesado en identificar grandes cambios de paradigmas, es decir, aquellos momentos en los que un modelo sexual es suplantado por otro (por ejemplo, cuando el discurso sobre la inversión sexual dio paso a las discusiones sobre la homosexualidad moderna). El problema de estas trayectorias lineales es que no sólo crean una imagen simplista y homogénea del pasado sino que son ciegas a las disputas y resabios anacrónicos que pueblan el presente. Del mismo modo, la estructura temporal de las narraciones progresivas del feminismo (el pasado-errado versus el presente-superador) es problemática ya que dificulta vislumbrar cómo el esencialismo, biologicismo, el racismo y el heterocisexismo siguen circulando en los feminismos del presente.

Si hay algo positivo que podemos rescatar de la nueva aparición de las feministas radicales es que nos obliga a revisar el progresismo de nuestros relatos y a hacernos cargo de que el feminismo, tal como existe hoy en día, puede ser profundamente violento y excluyente. Para quienes defendemos un feminismo impensable sin la participación (no como aliadxs sino como partes constituyentes) de personas trans, travestis, lesbianas, varones gays, prostitutas, sadomasoquistas, entre otrxs desobedientes sexuale, nos duele, molesta e irrita que las feministas radicales sean parte de nuestro colectivo, que citen a Simone de Beauvoir, que militen por el aborto legal junto a nosotrxs. Y a pesar de que nos gustaría que despojen sus ideales y sus acciones de cualquier asociación al feminismo, lo cierto es que están adentro, son parte del feminismo, son contendientes en la larga disputa por el sentido, valor y dirección del feminismo.

Si el feminismo radical nos obliga a revisar cómo articulamos nuestro pasado y nuestro presente, también nos recuerda la naturaleza disputable del feminismo mismo. Ellas se consideran la máxima expresión de un “feminismo auténtico”5 y se ven a sí mismas como las verdaderas abanderadas de la causa de las mujeres. Se les podría decir que no, que en realidad están falseando el feminismo pero creo que es importante no reproducir su estrategia policíaca de demarcación. Así como Judith Butler sostenía que no hay géneros originales y auténticos, lo mismo podría decirse del feminismo. (6) Justamente, el género está en disputa –y yo agregaría, el feminismo también– porque no existe un original. Lo que tenemos es una lucha hegemónica entre sectores en pugna que sólo puede dirimirse en plano político. Por eso, además de abandonar la lógica de propiedad privada en torno al feminismo, creo que también es conveniente dejar atrás la indignación, el repudio moral y asumir la batalla política por el sentido del feminismo.

El momento es más que ideal. Cuando miles y miles de jóvenes se están acercando por primera vez al feminismo, cuando la agenda feminista se discute en los medios, en las mesas familiares y en los encuentros con amigxs, cuando fenómenos como el Ni Una Menos habilitan una popularización del movimiento como pocas veces hemos visto, se vuelve necesario reflexionar sobre las fronteras (internas y externas) del feminismo mismo. Insistir en colocarnos en un lugar autorizado, capaz de discernir entre quiénes son las verdaderas y quiénes son las falsas feministas no nos va a servir. No digo que es algo que se pueda hacer. Por ejemplo, le discutiría a muerte a Fabiana Tuñez que Macri sea un feminista. Pero, para el caso de las radfem, la cosa se complica. La historia del feminismo nos enseña que bajo sus filas encontramos posturas biologistas y antibiologistas, abolicionistas y reglamentaristas, punitivistas y garantistas –para no nombrar los grises interesantes que existen entre estos pares binarios– entonces, ¿tiene sentido discutir quién representa mejor al feminismo?

Esto no significa, sin embargo, abrazar la conciliación. Con el feminismo transexcluyente no hay sororidad posible. Lo que sí podemos hacer, creo, es seguir enfrentando a lxs adversarixs dentro del feminismo y, más aún, usar esta oportunidad para pensar si lo adverso no habita, también, adentro nuestrx. Cuando unx se suma al feminismo, carga en su mochila todo un pasado (y un presente) de textos, autorxs y acciones. Algunos de estos textos, autorxs y acciones son maravillosamente liberadores y potenciadores. Otros son excluyentes, hirientes, incluso vergonzosos. El feminismo viene con sus alegrías y sus miserias y es importante no olvidar que la agresión –física, simbólica, conceptual– es parte de nuestras historia. Y ninguna historia progresiva puede esconder bajo el tapete lo que se hizo y se hace en nombre de este movimiento. Si el surgimiento del feminismo radical es preocupante, más me preocupa la tentación de depositar en unx otrx la fuente de todos los males. Es necesario enfrentar a las radfem pero no si eso culmina en una externalización de los problemas en lugar de una oportunidad para revisar nuestras propias prácticas hostiles y excluyentes. ¿Estamos tan segurxs de no haber caído nosotrxs, adversarixs de las radfem, en posiciones cisexistas o heteronormadas? ¿Hemos revisado a fondo nuestras prácticas cotidianas, nuestros modos de citar, nuestro modo de leer, las políticas de nuestros espacios, nuestras alianzas activistas? No es nada fácil asumir que el movimiento que amamos puede ser usado para el mal. Pero es un duelo que hay que hacer. Después del duelo, queda la lucha.

NOTAS

https://latetera.com.ar/2019/02/26/radfem-alianzas-con-lxs-antiderechos-y-disfusion-de-sus-logicas-en-el-feminismo/?fbclid=IwAR21gPQvg5J8RejlcYCRKMKtj_Z4VUjHRV5jstixmZVPdMq1LyTV6RsKOhQ

2 https://www.pagina12.com.ar/173328-contra-la-tibieza

3 https://www.pagina12.com.ar/176238-radicales-o-conservadoras

4 Sedgwick, Eve Kosofsky (1998). Epistemología del armario. Barcelona: Ediciones de la Tempestad.

5 https://circulodeamigasfeministas.blogspot.com/2019/02/un-ataque-abiertamente-patriarcal-en-la.html?spref=fb&fbclid=IwAR0m7LVxrio6IU0WhgWmWKTSakt6p-Wg82i73ogZqx2cGAQ_46GlFVAuwXk

6 Butler, Judith (2007). El género en disputa, El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona: Paidós

 

Acerca de la autora / Mariela Solana

Doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y Licenciada y Profesora en Filosofía por la misma universidad. Su tesis de doctorado estuvo dedicada a explorar la relación entre historia, temporalidad, ontología y política en estudios queer.Fue becaria Fulbright-Ministerio de Educación así como becaria doctoral y posdoctoral CONICET. Actualmente, es investigadora asistente del CONICET y se dedica a estudiar la relación entre afectos, lenguaje y corporalidad en estudios feministas y queer. Es Jefa de Trabajos Prácticos de la materia Prácticas Culturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche.

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