Era una reunión entre amigos y amigas —como en tantas otras—. Malvinas aparecía en cada rincón de la charla. Como siempre, pero no de cualquier manera. No solo como memoria del 2 de abril de 1982: hace tiempo que, para nosotros, la causa se sostiene los 365 días del año.
Porque no se trata de una guerra que haya comenzado únicamente aquel 2 de abril, sino de una historia mucho más larga, atravesada por disputas históricas, políticas y territoriales que siguen abiertas. Y que, todavía hoy, nos encuentra dando batalla en otros planos —el cultural, el institucional, el simbólico— donde se sigue disputando la reivindicación de nuestra soberanía.
La guerra duró apenas 74 días, en los que participaron más de 23.832 combatientes.
Ese dato nos llevó inevitablemente a pensar en quienes perdieron la vida: 649 soldados que no volvieron, sino que se quedaron custodiando las Islas. Y también en aquellos que, ya de regreso en el continente, siguieron librando otras batallas silenciosas que la guerra dejó marcadas para siempre.
—Eran pibes —dijo alguien—. La mayoría tenía entre 18 y 20 años.
—Pibes de edad —agregó otro—, pero enormes de corazón. Lo dieron todo, incluso su vida. Y no por cualquier causa, sino por la patria, por la soberanía, por Malvinas.
Quedamos en silencio. Mirándonos. Sin decir nada que agregar. Pero como en toda reunión, en algún momento la charla se reanuda. Y entonces apareció una idea más incómoda, pero necesaria: una parte sustancial de nuestro territorio, cerca del 23%, continúa bajo usurpación y control británico. Y esa ocupación no es sólo simbólica: es material. Implica el control de recursos pesqueros, energéticos y estratégicos —y, con ellos, la posibilidad de decidir sobre esos ecosistemas—, así como la proyección hacia la Antártida.
En ese punto, hablar de soberanía deja de ser una consigna para volverse una pregunta concreta: ¿qué significa ejercerla realmente si no hay control efectivo sobre esos territorios?
Porque entonces ya no se trataba solo de recordar o de emocionarse. Hablar de Malvinas también implicaba asumir una responsabilidad: comprender que, sin soberanía efectiva sobre el territorio y sus recursos, incluso nuestras discusiones sobre ambiente quedan incompletas, o peor, vacías.
Hasta que alguien dijo:
—¿Y si vamos a la vigilia?
No hubo demasiada deliberación, ni cálculos de tiempos, distancias o costos. Fue más bien un llamado. De esos que no se explican del todo, pero que, cuando aparecen, ya no se pueden ignorar.
Y allá fuimos.
Al principio, como todo viaje, fue logística: qué día salir, cuántos días quedarnos, cómo llegar, dónde dormir. Las preguntas que ordenan lo práctico mientras lo importante todavía no termina de tomar forma. Porque en ese momento aún no sabíamos bien a qué íbamos.
Pasaron los meses —porque sí, la decisión fue temprana y la espera larga— y, a medida que la idea crecía, también hacía eco en otros. Amigos, conocidos, gente que había ido alguna vez. Todos coincidían en algo, como si fuera una advertencia ritual:
“Lleven abrigo”.
Lo decían con una mezcla de consejo y complicidad. Como si el frío fuera parte de la experiencia, casi una condición para entender lo que sucede ahí. Como si no alcanzara con estar: había que sentir.
Con el tiempo, el viaje dejó de ser un plan para convertirse en un proceso. Una preparación silenciosa. No era ir a cualquier lugar, ni en cualquier fecha. Era ir al encuentro de una memoria viva.
Cuando llegó marzo, ya no quedaba nada.
Teníamos abrigo —mucho abrigo—, teníamos hospedaje, teníamos más o menos delineado qué lugares queríamos conocer y qué hacer en esos días en el sur del sur. Todo parecía en orden, como si el viaje ya estuviera resuelto en el plano de lo concreto. Pero había algo que todavía no terminaba de encajar. Porque, por más listas, reservas y previsiones que acumuláramos, había una dimensión del viaje que no se podía anticipar. Algo que no entraba en la planificación. Una especie de expectativa silenciosa, difícil de nombrar, que se iba haciendo más presente a medida que el calendario avanzaba.
Después de tres horas y media de vuelo y más de dos mil kilómetros, aterrizamos en Ushuaia. Y todavía faltaba: más de tres horas en auto, rumbo a Río Grande.
Apenas empezamos a manejar, en esa unión inicial entre una ciudad y la otra, empezó a nevar. Como si el paisaje nos marcara, desde el inicio, lo que nos esperaba. Un anticipo —si se quiere— de lo que se nos venía. Frío. Frío. Frío.
Quienes conocen Malvinas, quienes la vivieron y la narraron, dicen que llegar a Río Grande como lo estábamos haciendo es lo más parecido a pisar las Islas. No es casual: esta ciudad es la más próxima a ellas, a poco menos de 600 kilómetros.
El paisaje lo decía todo: abierto, raso, sin reparo. Una extensión que parece no terminar. Y el viento. En Río Grande el viento es otra cosa. No es una molestia ni un detalle del clima: es presencia.
Con ese pensamiento —inevitable— en la cabeza y en el pecho, llegamos a la capital nacional de la Vigilia por la Gesta de Malvinas.
Apenas nos instalamos, nos encontramos casualmente —o no— con excombatientes de Monte Longdon que, según nos contaron, venían, como todos los años, manejando desde nuestros pagos. Para quienes no lo sepan, la batalla de Monte Longdon fue una de las más crudas del conflicto: combates cuerpo a cuerpo, de noche, en medio del frío y bajo un fuego constante.
Sus relatos nos fueron aclimatando para lo que venía. Pero no solo en lo que escuchábamos. También en el cuerpo. En el frío que ya empezaba a calarse. En el viento que no daba tregua.
Como si, de a poco, todo —el paisaje, el clima, las historias— nos fuera empujando al mismo lugar.
Más allá de que venimos de hogares donde Malvinas siempre estuvo presente, donde se habló, se habla y se seguirá hablando, no imaginamos lo que íbamos a sentir.
Tiendas de campaña. Escenarios. Desfiles. Excombatientes. El himno. Las familias. Nuestra bandera, frente al mar, flameando sobre el monumento a los caídos. Y el pueblo, alrededor, expectante.
Entonces el tiempo empezó a estirarse. Y las sensaciones, a profundizarse.
En un momento, una de nosotrxs perdió los guantes. Con el correr de las horas, el frío empezó a hacer lo suyo —como nos habían advertido—: los dedos entumecidos, la sensibilidad del cuerpo desapareciendo de a poco. Nos costaba hasta hablar.
En otro momento, unx de nosotrxs tuvo que ir al baño. Estaba alejado, sin reparo, donde el viento golpeaba distinto. Más crudo. Se demoró bastante. Cuando salió, entendimos: la temperatura le había paralizado las manos. No podía abrocharse el pantalón; no sentía los dedos, no encontraba el ojal. Y tuvo que pedir ayuda.
Hasta ese día, sentir Malvinas era sostener la causa, reivindicar la soberanía, mantener viva la memoria de nuestros héroes y veteranos. Pero sentirlo en el cuerpo —ese frío que paraliza, que cala— fue otra cosa.
En medio de la vigilia, con el frío en carne propia, fue inevitable pensar que aun así estábamos preparados: ropa térmica, impermeables, rompeviento.
Ellos no. Ellos no tenían nada de eso.
Ellos —excombatientes, veteranos, héroes— enfrentaron un clima que no perdona sin nada de eso. La guerra avanzó hacia meses cada vez más crudos. Y muchos de esos pibes llegaban desde distintas partes del país —incluso del norte— sin adaptación, sin preparación. Pibes soldados. Conscriptos.
Pensar en cada relato, en cada historia, generaba una angustia difícil de poner en palabras. Sentir el frío —aunque sea apenas una mínima parte— y entender que ni siquiera se acerca a lo que ellos vivieron, obliga a dimensionar el coraje, la resistencia, la forma en que atravesaron la guerra.
Se acercaba la medianoche, entre chuchos de frío y emociones tan intensas como variadas. En un pequeño intervalo decidimos entrar a la carpa principal, donde se habían desarrollado distintas actividades durante la vigilia. Al ingresar, entre oleadas de almas malvineras, fuimos bendecidos con unos vasos de sopa que devolvieron el aliento y el calor al cuerpo.
Al salir nuevamente hacia el monumento, ese calor se potenció con dos actos profundamente emotivos: la marcha de antorchas de adultos mayores y el simulacro de la “Operación Rosario”, donde se homenajea el desembarco de las tropas argentinas y el izamiento de la bandera nacional en las islas tras 149 años de usurpación británica.
El momento llegó. Las 00 horas del 2 de abril. Sonaron las alarmas. Y de golpe, todo quedó en silencio, como si hasta el viento se hubiera detenido.
Por primera vez en nuestras vidas, la medianoche nos encontró ahí, con la cara helada, mirando hacia las Islas. Hacia el pasado. Pero también —más presente y futuro que nunca— hacia algo que sigue vivo.
Y entonces se hizo inevitable: estaban ahí, tan cerca, que las ganas de ir se volvieron más intensas que nunca.
Y en ese instante, sin decirlo, lo supimos: esta no era una vigilia más. Era la primera de todas las que vendrán, hasta que la soberanía sea plenamente ejercida en nuestras islas.
Porque la vigilia no es solo memoria. No es únicamente un ejercicio de recuerdo ni un ritual que se repite año tras año. Es también una interpelación al presente.
Y ahí, en ese cruce entre memoria y presente, estxs cuatro jauretcheanos autoconvocados por convicción malvinera y orgullo nacional, pensamos que el rol de las universidades se vuelve ineludible.
Si la vigilia mantiene viva la memoria, las universidades tienen la tarea de proyectarla. De hacer que Malvinas no quede anclada únicamente en el pasado, sino que se piense como presente y futuro. Investigar, enseñar, debatir, vincular el conocimiento con el territorio: todo eso también es una forma de ejercer soberanía. No desde el control material, sino desde la construcción de sentido, desde la formación de miradas críticas y desde la decisión de no soltar una causa que sigue abierta.
Porque Malvinas no es solo pasado: es una deuda del presente y una disputa del futuro.
Acerca de los Autores
Guillermina Abrahamowicz
Pamela García Hatrick
Juan Pablo Rodrigues
Bianca Baffini

