El mundo del trabajo se transformó radicalmente en el siglo XXI. La forma como los seres humanos producimos y reproducimos nuestra vida se ha modificado y con ello las relaciones sociales y el funcionamiento de la economía. Las innovaciones tecnológicas, como ha pasado en otras etapas de la Historia, han sustentado un nuevo paradigma productivo, basado en la distribución de la producción en distintas regiones y países por parte de corporaciones multinacionales. Estas han adquirido un tamaño mayor que en el siglo pasado, ocupando grandes porciones del mercado de cada uno de los países. Para analizar esta situación en el contexto latinoamericano, y más aún en el nacional, es preciso observar el derrotero del sistema mundo, en el sentido de Wallerstein.
Una de las características centrales que da lugar a este paradigma es una modificación sustancial del modelo de acumulación de capital. Desde el comienzo de este siglo, la participación de la masa salarial en el producto bruto de los países centrales ha declinado sensiblemente, consolidando una distribución del ingreso sumamente desigual, como ya lo evidenciaban los trabajos de Piketty.
Equilibrio en el “centro”, desequilibrio en la “periferia”
Sin embargo, y tal como se dice en el último informe de la UNCTAD, en los países centrales no se produjo una caída de la capacidad de compra del salario. En todos se ha verificado un mantenimiento o crecimiento del salario real. Tampoco ha aumentado la tasa de desempleo. Es decir, la masa salarial aumentó. El “milagro” tiene nombre, en este caso, y es el aumento de la productividad. O lo que es lo mismo la baja del costo salarial por unidad producida. Lo cual permitió un “segundo milagro”, que es la mejora en las condiciones de vida de un importante número de personas, centralmente en China. Y este es todo el milagro de “sacar tanta gente de la pobreza”.
Así, esta dinámica supera un escollo como el de la demanda global y el salario puede continuar comprando una parte de lo que se produce crecientemente. Resta resolver el problema, habitual en la economía capitalista, de la realización de la ganancia. Es decir, responder a la pregunta, ¿quién compra el excedente que no compran los asalariados? Su solución está en la propia historia del pensamiento económico, la polémica entre Ricardo y Malthus sobre el rol de la nobleza, donde este último le respondía que gracias a que es gastadora compra el excedente no adquirido por los trabajadores y realiza la ganancia de los empresarios con la cual hacen las inversiones que aumentan la capacidad de producción. Hoy, hay una especie de “nobleza” que podríamos llamar financiera, conformada, también tanto por las ganancias de las propias empresas como por los “fondos financieros” que se permiten una vida pantagruélica y de lujos al estilo de los siglos XVIII y XIX..
Las condiciones para que se mantenga el equilibrio en los países centrales son dos. En primer lugar, que sea posible sostener la proporcionalidad entre las tres fuentes de la demanda: masa salarial, inversión y gastos suntuarios.
En segundo lugar, y como se puede deducir de los párrafos anteriores, esta dinámica económica de los países centrales se puede sostener si los aumentos de productividad van de la mano con una provisión creciente de materias primas y alimentos, los cuales requieren del uso intensivo de recursos naturales. Y es aquí donde entra en juego los países proveedores y que conforman históricamente la periferia de ese sistema mundial. Es decir, Latinoamérica y Africa.
Si el sostenimiento del crecimiento de los países centrales bajo las actuales condiciones de acumulación de capital es la producción de materias primas y energía de la periferia, es indudable que nuestras economías tendrán un fuerte incentivo y presión en ese sentido.
Efectos sobre la periferia
En consecuencia, el trabajo tendrá estos dos condicionantes: Por un lado, la demanda en las actividades extractivas y sus actividades conexas en una dinámica similar a los primeros siglos de la conquista, con la explotación de los minerales preciosos, fundamentalmente plata. Y sus perspectivas a futuro no serán muy diferentes a las consecuencias del “modelo Potosí”. En la producción de cereales, carne, azúcar y café es diferente dado que la utilización de la capacidad del recurso tierra tiene métodos de remediación aunque sea parcial; pero desde el punto de vista del trabajo, la gran innovación hacia la automación de las actividades de siembra, cosecha, mantenimiento y en la genética de la producción de carne, sea bovina, porcina, avícola u ovina las demandas laborales estarán dependiendo del aumento de su productividad con tendencia mundial a reducir su costo. El mantenimiento del salario real depende centralmente del “costo de la alimentación de los trabajadores”.
Para la industrialización tanto de los minerales como de los productos alimenticios en la periferia será muy dificultosa, a menos que se establezca una política que la incentive. Para decirlo en síntesis: Si lo hacemos en la periferia no lo hacen en el centro, lo cual implica una modificación en las relaciones del sistema, siempre conflictivas y difíciles. Es decir, si solo permitimos que la estructura de la demanda laboral siga las “señales de mercado”, cambiará sustancialmente tanto en Latinoamérica como en África hacia los sectores extractivos; con enormes dificultades para alcanzar un nivel de empleo digno.
Sin embargo, estas no serán evidentes. Como Jauretche recordaba a Chesterton, cuánta imaginación hay que ponerle a la realidad para que sea tal a nuestros ojos. Los efectos de una política económica que siga las señales de mercado para nuestras economías significan que exportaremos materias primas y alimentos e importaremos de los países centrales productos manufacturados, lo que la CEPAL ha denominado, hace ya un tiempo, la “repremarización”. Sólo basta observar la centralidad de los productos exportados e importados. Es decir, importaremos productos industriales que contienen materias primas y cereales y “carnes” producidos por nosotros mismos. Volvimos al mundo de Prebisch y continuamos profundizando una estructura productiva “diamandiana”. Así el sector externo será el arma para mantener el sistema que solo beneficia a los países industriales. Su saldo será en el mejor de los casos equilibrado, de modo que no podremos juntar divisas para lograr alcanzar una acumulación propia que permita industrializar y salir del endeudamiento externo, que en nuestro caso refuerza esa imposibilidad. Como decía Scalabrini Ortiz, estamos encadenados a la fórmula del interés compuesto. La centralidad que hoy tiene las políticas hegemónicas basadas en la ideología del libre mercado, que se sostiene en el principio que es el sistema que optimiza el uso de los recursos. Tal afirmación no es una explicación consistente, sino que es una elaboración teórica sin una contrastación histórica. En ese sentido, es una promesa y una promesa poco realista. Es el tercer elemento que “cierra” las cadenas de la periferia.
Bajo esta conformación, salir de este “entuerto” no es políticamente sencillo. Como señalamos al inicio de esta nota, el sistema mundial ha evolucionado a, lo que podríamos llamar” una cuarta etapa de la globalización conflictiva, llamada eufemísticamente multipolaridad. Desafortunadamente, la Historia nos enseña que tales situaciones son transitorias, donde la mayor parte de las veces se resuelve violentamente. Quizás sea el malestar de la civilización humana de la que hablaba Freud. De modo que para poder alcanzar un mejor vivir debemos realizar una política económica activa que utilice al Estado como herramienta para movilizar nuestros recursos y promueva cohesión política (densidad nacional de la que hablaba Ferrer).
Así, una política industrial para nuestro país y para América Latina, si quiere tener éxito y resolver la necesidad de mejorar la calidad y el nivel de empleo, no puede soslayar esta situación que la condiciona.
Acerca del autor / Norberto E. Crovetto
Licenciado en Economía (UBA) profesor de Historia del Pensamiento Económico (UNAJ y UndAv), de Historia del Pensamiento Económico Nacional (UNAJ) y Teoría Económica en América Latina (UndAv, CCC de Historia).

