“El orden energético global está diseñado bajo la premisa de que Ormuz debe permanecer abierto” afirman Lenz y Sersale de la consultora Vértice Geopolítico. Y es verdad; la guerra desatada por la Alianza de Estados Unidos e Israel contra Irán ya no tiene en su centro un acuerdo por el régimen nuclear, el cambio del régimen teocrático o la supervivencia del Estado de Israel. El conflicto principal se resumen al posible estrangulamiento y asfixia del orden energético global y lo que ello representa como desafío a la economía mundial.
Ormuz es un estrecho de apenas 54 km de ancho que conecta el Golfo Pérsico con el Mar Arábigo y separa a Irán de la península arábiga. El mapa grafica la metáfora, en Ormuz se estrangula el comercio del 15% del petróleo mundial y el 20 % del gas natural licuado (GNL) global.
Se estima que alrededor de 20 millones de barriles de petróleo pasan por el Estrecho de Ormuz cada día, lo que equivale a un barco petrolero cada 6 minutos. En cuanto al GNL, se calcula que más de 100 barcos de GNL transitan por el estrecho cada mes.
Los países que controlan el Estrecho de Ormuz son Irán, que tiene la costa norte, y Omán, que controla la costa sur. La importancia estratégica del estrecho es tal que cualquier interrupción en su tráfico podría tener consecuencias profundas para la economía global. Desde que Irán ha anunciado el cierre del estrecho el precio del petróleo escalado a más de 100 dólares por barril. Varios gobiernos asiáticos han reducido el uso de aire acondicionado en sus oficinas y cambiado a semanas laborales de cuatro días para los funcionarios, los han alentado a trabajar desde casa para afrontar la escasez de energía, cerrado escuelas y universidades y aún ordenado que las cremaciones rituales a base de gas sean reemplazadas por otras que utilicen madera o electricidad.
Las interrupciones están empezando a extenderse también a la economía no petrolera: los precios del helio, utilizado en la atención de la salud y en la industria, se han duplicado desde el inicio de la guerra, mientras que los precios de la urea, un fertilizante, han aumentado en más de la mitad.
La geopolítica de la energía actual es compleja y volátil. China ha consolidado interconexiones terrestres con Asia Central y Rusia, y ha complementado con gasificación de carbón, reduciendo su dependencia marítima. Esto le otorga una mayor capacidad de resistencia temporal frente a bloqueos, lo que la convierte en el actor con mayor resiliencia relativa. Sin embargo, Irán le sigue enviando a China más de 1 millón de barriles por día.
Por otro lado, los aliados occidentales, Japón y Corea del Sur, enfrentan una dependencia crítica de las importaciones marítimas, lo que los hace vulnerables a un bloqueo prolongado. Ambas potencias industriales son particularmente vulnerables debido a su insularidad energética, tienen reservas estratégicas limitadas y una total ausencia de interconexiones terrestres.
Australia cubre parte de la demanda de estos países, pero su capacidad está saturada, lo que agrava la situación. También para ella un bloqueo prolongado implicaría parálisis industrial sistémica y posible ruptura de cadena de suministros críticos de industria pesada y manufactura tecnológica.
Europa, por su parte, ha sustituido la energía rusa por GNL estadounidense y crudo del Golfo, pero ello la enfrenta a un dilema inflacionario y de cohesión política a corto plazo. Es decir, la competencia con Asia por los cargamentos intensificará la inflación, y el riesgo de erosión política y social es alto.
India, con un 90% de su GNL y 60% de su crudo provenientes del Golfo vía Ormuz, enfrenta una fragilidad doméstica significativa. Sus reservas estratégicas de GLP son casi inexistentes, lo que afecta a millones de hogares y pone en riesgo las políticas de bienestar que el gobierno de Modi está implementando.
Estados Unidos, en contraste, puede soportar interrupciones prolongadas gracias a su autonomía energética. Irán, por su parte, busca desgastar a los aliados, extender y prolongar el conflicto, transformando el costo económico en presión política. Puede emplear grupos proxis en operaciones de sabotaje a infraestructuras críticas como oleoductos y gasoductos. Pero, sobre todo, bloquear Ormuz.
Sin embargo la situación no es sencilla como imaginó el Presidente Trump al inicio. La geografía del estrecho favorece a Irán, al igual que la aversión al riesgo de los transportistas y aseguradoras. De todas maneras, Irán también enfrenta un dilema: hasta ahora, cerrar el estrecho ha sido una victoria táctica que no ha logrado su objetivo estratégico de poner fin a la guerra. En su tercera semana la batalla por Ormuz podría empujar a ambas partes hacia una escalada peligrosa.
Con solo 54 km de ancho en su punto más angosto, flanqueado por montañas en ambos lados, el estrecho será extremadamente difícil de reabrir para Estados Unidos. Irán no necesita atacar todos los barcos que transiten por allí, solo debe convencer a sus propietarios y tripulaciones de que podría hacerlo. Enviar tropas estadounidenses para asegurar la costa es inviable, dada la magnitud de la fuerza necesaria; Irán también podría simplemente seguir disparando desde tierra firme.
El gobierno norteamericano acaba de solicitar el auxilio internacional en esta guerra. China, Francia, el Reino Unido y otros países ricos podrían enviar sus buques de guerra para escoltar embarcaciones comerciales. Ninguno parece dispuesto hasta ahora muy dispuesto a hacerlo; tanto por la probabilidad de que tales escoltas se conviertan en objetivos como también por su posición relativa en el orden energético mundial.
Repasemos; China emerge como el actor con mayor resiliencia relativa, mientras que Japón y Corea del Sur son los más vulnerables. Europa enfrenta un dilema inflacionario y de cohesión política, e India se encuentra en riesgo de crisis social inmediata. Mientras que la economía norteamericana puede sufrir vaivenes inflacionarios y sus empresas no pueden asegurar la autonomía energética global.
En este escenario, Argentina puede aprovechar la oportunidad para reposicionar a Vaca Muerta como un activo estratégico clave en el orden global. Lenz y Sersale afirman que “la crisis reposiciona a Vaca Muerta como activo estratégico clave en el orden global”. La urgencia de acelerar la infraestructura energética es evidente, y Argentina debe priorizar el desarrollo de gasoductos y plantas de licuefacción para incrementar la producción y exportación de gas y petróleo.
Argentina debe desarrollar una diplomacia energética activa para posicionar a Vaca Muerta como alternativa estratégica en foros internacionales. Es fundamental priorizar la infraestructura crítica, como gasoductos y plantas de GNL, con financiamiento externo. Además, es necesario establecer acuerdos de Estado que garanticen seguridad jurídica y estabilidad institucional para atraer inversiones. La proyección de Argentina como garante de resiliencia energética y socio confiable en el escenario global será clave para lograr este objetivo.
La crisis en el Estrecho de Ormuz es una oportunidad única para que Argentina se posicione como un proveedor de energía confiable en el escenario global. La situación actual presenta desafíos para varios actores internos, pero también abre puertas para que Argentina se convierta en un jugador clave en el mercado energético global. ¿Será capaz de aprovechar esta oportunidad y convertirse en un proveedor de energía confiable para el mundo?
Acerca del autor / Rafael Ruffo

Profesor de Historia (UBA). Licenciado en Ciencias Políticas (UBA). Es docente titular ordinario e interino en las Universidades Nacionales Arturo Jauretche, de La Matanza y Almirante Brown. Director de Relaciones Internacionales UNAJ.


