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EVA PERON EN MILAN

Tumbas de la gloria

Por Juan Pastor González

En la ciudad de Milán se encuentra una tumba vacía. Allí, de manera clandestina, el cuerpo de quien fuera en vida María Eva Duarte de Perón , estuvo enterrada. Mucho se ha contado en novelas  y films sobre el periplo por el que pasó el cuerpo de la abanderada de los humildes luego del golpe militar que derrocó a su esposo, el presidente Juan Perón. Desde Rodolfo Walsh a Tomás Eloy Martínez con el cuento “Esa Mujer” y “Santa Evita”, respectivamente a films documentales y de ficción como “Eva no duerme”, “Eva de la Argentina” y “Evita, la tumba sin paz”. Compartimos el relato de un trabajador Nodocente y profesor de la UNAJ que en el invierno milanés de 2018, se encontró con una tumba vacía  llena de historia argentina.

Principio del mes de marzo en Milán. Dicen por aquí que es el invierno más duro de los últimos diez años. Me encuentro por primera vez en mi vida en el viejo mundo, por primera vez enfrentando esos temores y esa minusvalía tan latinoamericana que me hace sentir fuertemente la calidad de visitante en el primer mundo.

Unos días antes de viajar para Italia recibo un mensaje de una compañera de muchos años de militancia, de mucha pelea, mate y discusión compartida que me dice; “tenés que ir a ver la tumba de Evita en Milán”. No solo eso, me manda la ubicación exacta en el Cementerio Mayor de esa ciudad.

El mensaje me conmueve, en esta era de inmediateces informativas y de verdades que no son tales me encuentro de repente con una historia que yo (y otros tantos compañeros) conozco y cuento en mis clases y charlas. Pero cuando aparece la posibilidad de encontrar una huella de la historia que atraviesa desde hace más de 70 años la realidad argentina, la perspectiva cambia, los sentimientos y la emociones renacen y las significaciones y ecos en este 2018 cobran un sentido histórico enorme.

Salí de la Argentina con un encargo que me disparó reflexiones acerca de la situación política y social del país. La “grieta” de la que tanto se habló desde fines del gobierno de Cristina Kirchner empezaba otro capítulo con los cantos que comenzaron en las canchas de fútbol pero que luego irradiaron a otros ámbitos: así como en un tiempo el grito de la resistencia a cualquier cosa era “viva Perón” ahora la voz del descontento popular troca en el MMLPQTP en los lugares menos pensados.

En ese contexto, que expresa la distancia entre lo popular y un gobierno que representa al poder concentrado del capital en todas sus expresiones como nunca antes se había dado en el país, me decidí a cumplir el encargo y visitar el lugar donde el régimen militar de la revolución fusiladora tuvo enterrada Eva Perón bajo el nombre falso de María Maggi de De Magistris en el Cimeterio Maggiore de Milán. Y me encontré con una prueba contundente de que la grieta no es un invento mediático, aunque pueda manejarse mediáticamente.

En el camino iba pensando: la grieta no es nueva, la grieta entre lo nacional popular y la oligarquía en cualquiera de sus expresiones (el campo, los bancos, la gran industria multinacional) viene según lo veamos desde los orígenes de la Argentina, pero en la contemporaneidad se corporiza claramente en el odio a Evita que llega a nuestros días. Mejor dicho, no en el odio a Evita porque eso sería políticamente incorrecto en la actualidad, pero si en el odio a todo lo que representa Evita como icono de los desposeídos de la tierra, como bandera del amor a los pobres correspondido con una devoción que no sabe de calumnias, injurias ni persecuciones. También, como ejemplo de fanatismo por una causa nacional, popular y revolucionaria: digámoslo de una vez, Evita fue (es) odiada por lo que hizo bien, por la desmesura de su amor a su pueblo y al movimiento que cambió la historia de la Argentina; el peronismo.

Eso lo entendieron los jóvenes de los 70, parte de los cuales (los montoneros) secuestraron al fusilador Aramburu en 1970 y pidieron entre otras cosas la devolución del cadáver de Evita a Perón. También en 1974, cuando exigieron a Isabel Perón la repatriación de los restos.

Me encontré finalmente, en una fría mañana de domingo (qué mejor día para visitar un cementerio) con el monolito que recuerda que Eva Perón estuvo enterrada allí por catorce años. Y me vi frente a una historia de setenta años de luchas, avances, retrocesos, algunas victorias y muchas derrotas, aunque nunca definitivas. Y recordé el loco periplo del cadáver, la cínica locura de Aramburu diciendo cuando entró a la CGT intervenida que él con los sindicatos no tenía inconvenientes, que el “problema” estaba en el 2° piso, lugar en el que estaban los restos de Evita. Ahí aparece el odio, la venganza, la falta de respeto y la violencia de un régimen que estaba dispuesto a borrar a sangre y fuego una década de felicidad y grandeza para los sectores populares.

Secuestran el cadáver, lo esconden, cuenta la historia que la resistencia siempre encontraba el lugar en el que estaba y allí aparecía una flor de no me olvides, cuenta la historia y el mito de que algún militar obsesionado mató a su esposa y de otro que exhibía el cuerpo en un armario de su oficina de Callao y Viamonte, sede de la inteligencia del ejército y la historia cuenta también que Aramburu, con complicidad de la iglesia decide sacar el cuerpo del país y enterrarlo en Milán con nombre falso.

Con todo eso me encontré esa fría mañana de domingo en el cementerio mayor de Milán: con parte de mi historia, con la de mis viejos, con la de tantos compañeros que pelearon y pelean todos los días, la mayoría de las veces en condiciones desventajosas, para construir una patria para todos, liberada del yugo de los extranjeros que nos compran pero también de los compatriotas que nos venden.

Esta historia macabra encierra no obstante un ejemplo de amor y respeto por parte de los sectores populares para con sus líderes: el pueblo no olvida a quien no lo traiciona. Y Eva Perón nunca traicionó su origen, nunca abandonó el alma que trajo de la calle, nunca olvidó las marcas de una infancia pobre, bastarda y desangelada, sino que las convirtió en bandera de amor a los más humildes transformándose ella misma en bandera, en símbolo, en un grito que siempre volverá y será millones.

Acerca del autor/a /Juan Pastor

Licenciado en Ciencia Política (UBA). Doctorando en Universidad de Milano Bicocca, Milán, Italia. Maestrando en Estudios Sociales Latinoamericanos (UBA). Coordinador Académico del Programa de Estudios Latinoamericanos y docente de la UNAJ

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