Notas

PARO INTERNACIONAL DE MUJERES

La lucha de todos los días en un día . 8M

Por Lucía García Itzigsohn

Asamblea en la universidad

Van llegando de a grupos. O de a una. Algunas cruzan miradas y se reconocen. Se saludan a distancia. O se acercan y se dan un beso. Suenan los tambores de las chicas del sindicato de trabajadores de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. El hall de entrada de la UNAJ deja de ser un lugar de paso, un no lugar, para alojar el encuentro. Se transforma en un lugar para quedarse, para pensarse, para tejer redes, para verse en el espejo que es la otra. Tomarse un momento en esa rutina de responsabilidades laborales y familiares para sí mismas. Estar para nosotras.

La palabra fluye, primero con timidez, con incomodidad, como pidiendo permiso. “Me cuesta hablar delante de tantas personas” dice una. “No estoy acostumbrada a hablar en público” dice otra. Y ese acto, el de tomar la palabra, se vuelve en sí mismo un acto de rebeldía. Una rebelión ante el silencio. Al “me gusta cuando callas porque estás como ausente”.

Las voces se entrelazan, las manos se levantan, la escucha es con los oídos, con la mirada y los cuerpos. Una al lado de la otra armando un círculo en el que las experiencias y las propuestas se suceden como parte de una misma trama.

El nombre de Mónica Garnica Luján resuena. El verano estuvo atravesado de dolor por su muerte,  ese femicidio tan cercano de la estudiante de Instrumentación Quirúrgica que fue prendida fuego por Ángel Saracho, su ex pareja. Hay espacio en la asamblea para esos tres hijos huérfanos, para esos padres doloridos sin trabajo ni atención psicológica desde la tragedia. El dolor después del dolor.

Milagros Duarte, la estudiante trans de Trabajo Social, se hace presente en las palabras y en la urna que circula para juntar plata que la ayude a subsistir mientras en la provincia de Buenos Aires sigue pendiente la aprobación de la Ley de Cupo Laboral Trans. Ella fue víctima de una golpiza estando en situación de prostitución. El colectivo más vulnerable tiene nombre propio. Lo personal es político, y lo político es personal.

En el país de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo hay una genealogía de lucha que traspasa las generaciones y que todas aprendemos, se trata de transformar el dolor en lucha. Las mujeres de UPAMI lo saben bien. Están radiantes, como si toda una vida hubieran esperado este momento histórico en el que ser mujer no quiere decir aguantar nada.

Amorosamente, horizontalmente, colectivamente se va delineando un plan de acción para ser parte desde Florencio Varela, desde el conurbano sur, del Paro Internacional de Mujeres del 8 de marzo. “Que sea un paro de mujeres” se escucha. “Sí, y nada de dejar comida en el tupper o en el frezeer” suma alguien. “Nosotras paramos y ese día no tenemos que dejar nada resuelto, simplemente paramos” sintetiza otra.

Decidimos marchar juntas y salir en colectivos desde la Universidad. Y pintar nuestra bandera, violeta. Estampar pañuelos con la cara de Mónica. Queremos jardines mateno-paternales, queremos igual salario por igual trabajo, queremos paridad en los lugares de decisión, queremos que se acabe el ajuste y los despidos. Queremos vivir sin violencias. Sin miedos. Sin renuncias. Es tiempo de que exijamos el aborto legal, seguro y gratuito porque nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestras maternidades son decisiones de cada una.

La antropóloga Rita Segato dice por estos días que refundar el feminismo es refundar la política. Son tiempos pluralistas, de un modo feminista de hacer política. De lógicas que hacen posible que el primer paro al gobierno lo hagan las mujeres. Que sean los feminismos, en su diversidad y pluralidad los que ponen en agenda la lucha por más derechos.  Un movimiento de emancipación que tiene en Argentina su epicentro y que parece no tener techo. Estamos para nosotras. Nos mueve el  deseo. Y el deseo es como una marea, una vez que está en movimiento es indetenible.  

Acerca del autor/a / Lucía García Itzigsohn

Lucía García Itzigsohn

Licenciada en Comunicación Social de la UNLP, docente de Prácticas Culturales de la UNAJ e integrante de los colectivos de comunicación La García y Manifiesta.

 

 

Documento de apertura de la asamblea 8M UNAJ leído por el Programa de Estudios de Género

Mónica Garnica Luján tenía 25 años, era hija de migrantes, madre de tres hijxs de 2, 4 y 7 años, vivía en Berazategui y estudiaba para instrumentadora quirúrgica en la Universidad Nacional Arturo Jauretche. La Navidad pasada, su pareja Miguel Saracho la roció con alcohol y quemó el 55% de su cuerpo, lo que le produjo la muerte este 10 de enero, después de varios días de agonía en el hospital. Ella había denunciado a Saracho por golpes, él le pedía que retirara la denuncia porque quería entrar en la Policía. La violencia no terminó con su muerte: sus tres hijxs quedaron a cargo de lxs abuelxs que están desempleadxs y tienen 4 hijos más. La casa quedó semi destruida por el incendio y muchísimas cosas se perdieron. Todo el grupo familiar precisa ayuda económica y psicológica para poder seguir adelante.

En la Universidad, no conocíamos su situación pues no les contó su historia a sus profesoras ni solicitó contención en Tutorías. Apenas tomamos conocimiento del caso, se generó una intensa colaboración entre docentes, no docentes y estudiantes y organizamos dos grandes colectas para la familia: dinero, ropa, comida y otros productos de primera necesidad llegaron rápidamente a manos del papá y la mamá de Mónica cuando todavía estaban en el hospital esperando que mejorara. Paralelamente, se realizaron gestiones con los municipios de Varela y Berazategui y las áreas de niñez y desarrollo social para garantizar y acelerar la ayuda necesaria.

En los primeros días de clases, en el contexto del Ciclo de Preparación Universitaria, se hizo circular este texto informativo, así como algunos disparadores para la reflexión sobre la violencia contra las mujeres. Esperamos darle el nombre de Mónica Garnica a algún espacio de la universidad, así como prevemos una serie de actividades con su familia en la jornada sobre mujeres previa al 8 de marzo. Preparamos también un micro informativo sobre el problema de la violencia de género en general, el caso de Mónica como una alarma sobre el agravamiento de la violencia de género en contextos neoliberales y la difusión sobre recursos institucionales (protocolo, equipo técnico de intervención, tutorías) y comunitarios cada vez más desfinanciados.

Nos queda la tristeza y la indignación, porque se podría haber hecho algo antes y porque se pone en evidencia la falta de un sistema verdaderamente ágil y efectivo de asistencia a las víctimas directas de violencia de género y a sus familiares. Por ejemplo, a una semana de producido el hecho y con Mónica aún internada, ni sus hijxs ni sus padres habían recibido aún contención psicológica y la asistencia habitacional y económica se hacía esperar. Pese a la rápida intervención de los municipios de Varela y Berazategui en varios aspectos, se detecta la falta de mucho más presupuesto específico para el abordaje de la violencia de género. Porque hay un Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres (2017-2019) cuya limitada implementación no está llegando a las Universidades y muy poco a los barrios. Porque las Universidades necesitamos fortalecer las acciones de prevención y contar con una oficina especializada de atención de casos (una instancia prevista por el Plan Nacional de Acción, que debería recibir financiamiento del Instituto Nacional de Mujeres, INAM). Porque tenemos que realizar más proyectos de investigación y más proyectos de vinculación comunitaria sobre el tema. Porque para todo esto se necesita financiamiento específico del Estado Nacional y la consideración de la violencia de género como un área prioritaria en las distintas convocatorias, en lugar de, por ejemplo, como sucedió en nuestra Universidad, la discontinuación por parte de la Secretaría de Políticas Universitarias del proyecto de extensión sobre violencia de género que venía funcionando desde 2013 y estaba dando excelentes resultados a nivel comunitario. Seguramente, esto mismo está sucediendo en muchas otras instituciones.

Cuando decimos Ni una Menos, no se trata del conteo de cuántas faltan y no deberían. No se trata de acrecentar las noticias policiales y que el espanto aleccione a las que sufren ahora. Se trata de afirmar y construir un espacio libre, propio, para las mujeres y sus redes. La violencia sexista es una violencia social en la que participan muchos y muchas y que continúa, aún cuando produjo la muerte. Que el femicidio de Mónica no quede en el olvido. Que tampoco quede en el olvido la violencia transfóbica ejercida recientemente contra nuestra estudiante trans Milagros Duarte. Que podamos mejorar nuestra intervención ante las miles de estudiantes universitarias que sufren a diario la violencia sexista, lesbofóbica, transfóbica. Que como instituciones de educación superior intensifiquemos las acciones de prevención hacia el conjunto de la sociedad, acelerando el cambio cultural necesario para que esta violencia termine.

Compartir

Comments are closed.