Poéticas

Inocencias perdidas

Por Pedro Chappa

El narrador popular Pedro Chappa (1946-2017) nació en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Por cuestiones vinculadas a sus actividades culturales y políticas, en plena dictadura militar debió migrar al conurbano bonaerense, y se instala en el partido de la Matanza.
Formo parte del grupo que realizo la toma del barrio “El Tambo”, junto a Luis D’Elia y al sociólogo Denis Merklen. Entre sus libros podemos nombrar: “Al costado del camino”, editorial Colisión, “Un violín en Praga y Villegas”, La Lira ediciones, “Una copa desde el fondo” CLM, y “Alto Guiso”, editorial Leviatán.

Inocencias Perdidas

No hay caso con el destino cuando se empeña, si hasta lo que parece nada más que jarana, puede volverse puras lágrimas, como lo del Cativio y la patrona chica, veinteañera ya.
Cativio, hijo de Arminda, la cocinera de los piones, con vaya a saber quién, se estribilló. Se es tribilló, se malogró a causa de unas varicelas mal curadas. Dicen que no le hicieron
caso al Menegildo, el curador, que les alvirtió:
-No se le puede bajar la fiebre de golpe.
Le pusieron bolsa´eyelo en la cabeza y se le pasmaron los sesos. Muy disminuido quedó el pobrecito, falto de comprensión. Salmodiaba todo el día:
-Así ha de ser así ha de ser así ha de ser.

Inocente como un chico, aunque un mozo guapo y bien planto cuando lo conocí, servía más que nada pa´ chacota de los piones. Cualquiera soltaba en la cocina, como un casual:
-Va´ver que trasquilar las lechuzas, tan de alones muy crecidos.
-¡Ah! ¡El chistido atravesao ya les sale!
-Así ha de ser así ha de ser así ha de ser.
Ya salía el Cativio con unos tijerones a subirse a los ucalitospa´tratar de sorprender alguna ojuda durmiendo. Mesejante revolcón se pegó que vino el patrón a la cocina, lo que nunca.
Nos miró a todos muy serio:
-Parece mentira, gente grande -dijo- Que no se repita.
Tan considerao lo tenía el patrón al Cativio que había comentarios. Pero ya se sabe que a esas cosas  no hay que hacerles mucho caso.
Una guelta el Alipio, que es de lo pior, empezó:
-Parece que va ver malón de cuises.
-¡Como en el veintiocho! -salió el Juancho.
-Dicen que pelaron el máis como en cinco leguas a la redonda.
-¿Y usté cómo sabe?
-Esta mañana había riunión en la loma chica. Un cacique barcino deste tamaño tienen, mire que craique´ra vizcacha hasta que me alvertí que no tenía cola ni colmiyos.
-Así ha de ser así ha de ser así ha de ser.
Como un mes anduvo desbaratando roidores con la hondera. Fue una fiesta le digo, porque Arminda hacía unos guisos que´ranpa chuparse los dedos. -Qué, ¿no ha comido cuis guisao?…lo que se pierde.
Total que no la pasabamos tan mal a pesar de los rigores y las heladas crudas de aquellos años hasta que al Jansen el mecánico va y se le ocurre gritarle, de abajo del pozo del molino.
-¡Cativio! ¡Alcanzame la inglesa!
-Así ha de ser así ha de ser así ha de ser.
Pensaba, pensaba, daba vueltas, más pensaba y no hayaba su respuesta, hasta que se le ocurrió que lo único inglés que había en la estancia era el carnero campión que el patrón
había tráido la temporada anterior…
Forcejió
Tironió

Arrempujó
Hasta que el Jansen escuchó:
-¡Ahí va!
Primero vió la sombra, después el bulto que se le venía, y no tuvo tiempo ni lugar pa’cuerpearlo.
Con el carnero no hubo modo, una semana comiendo guisao con gusto a lana. Al Jansen, a duras penas, medio ugao lo levantaron con una soga los dieciocho metros en un grito.
-Me pasa por chancear -dijo cuando salió del hospital con tres costillas mal soldadas.
Aqueyo terminó con la pacencia del patrón, lo puso al Cativio de parquero, con la orden de “ni asomar la nariz fuera del cerco de ligustrina de la casa grande”.
Le hicieron lugar en un altiyo que había arriba del garage, comía con la cocinera y la mucama de la casa grande y ya no tuvimos más trato con él.
Por lo visto le gustaba aqueya vida con el rastriyo la regadora y la tijera de podar. Nunca se vio más lindo ese jardín, milagros hacía con rosas y jazmines, de maravilla se yebaba con las
plantas.
Alguna vez me dió por pensar que después de todo él estaba más cerca de ella que de nosotros.
A nosotros se nos empezaron a hacer largos los días sin una distracción. A él se lo veía feliz fuera del alcance de los malos ratos que le hacíamos pasar, y el patrón seguramente habrá
cráido que le había encontrado una buena solución al asunto, pero ya se sabe lo  que pasa cuando se juntan, la cuiosidá, el istinto y el mal destino que algunos train escrito desde la
primera hora.
Alguien, tal vez en busca de novedá, en esta vida tan sin sobresaltos que yebamos, alguien, como una broma más, tan inocente como el propio Cativio, le indicó los caminos de la pieza
de la patrona chica. Alguien dejó como al descuido una puerta abierta.
El patrón escuchó los gritos, que no eran de auxilio, a que decir.
El patrón tenía un treinta y ocho, grande, niquelao, con seis balas.
Todas las usó, las seis. Y cualquiera puede saber que fue una injusticia grande porque, por un lao cativio no tenía malicia alguna y por otro la muchacha, a sus veinte, por primera vez
en su vida se ponía  en un acuerdo con sus istintos, pobrecita.
Para final, Arminda la cocinera de los piones, la madre del Cativio se fue, a los días, sin decir palabra.
Dicen que el patrón le puso casa en el pueblo, no en Energía, en Necochea, la ciudá.

Dicen también que antes de los tiros el patrón gritó: “Con tu propia hermana”, pero esos son decires nomás.
-Así ha de ser así ha de ser así ha de ser -diría el Cativio.

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