Escenarios globales

LA REVOLUCION RUSA EN RUSIA

¿Good bye Lenin?

Por Rafael L. Briano

Este año se cumplen cien años de las revoluciones que transformaron a Rusia y “conmovieron al mundo”. La trascendencia de la “revolución bolchevique” llevó al historiador Eric Hobsbawm a afirmar que el siglo XX era “corto”, se iniciaba y concluía con el ciclo vital del estado surgido de estas convulsiones políticas. Sin embargo, el gobierno ruso ha tomado ciertos recaudos alrededor de las conmemoraciones, temiendo las consecuencias de remover demasiado el pasado.  

En primer lugar es importante recordar que,  en 1917,  se produjeron dos revoluciones. En febrero, como consecuencia de la decadencia de más de tres siglos de autocracia y las penurias producidas por la participación en la Primera Guerra Mundial, una gran movilización social derivó en una revolución que, en unos pocos días, condujo a la abdicación del Zar Nicolás II y la instauración de un gobierno provisional. Esta “revolución burguesa” dio lugar a un periodo de nuevas libertades pero las convulsiones políticas y la guerra continuaron y, ante la debilidad y descrédito del gobierno enfrentado a los soviets, Lenin, líder del partido Bolchevique, decidió tomar el poder en octubre. Esta fue la revolución que daría origen a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), el primer “Estado obrero y campesino” que tenía como objetivo ser el “faro de la revolución mundial”. Poco después, comenzó una cruenta Guerra civil entre “rojos” y “blancos” (aliados a varias potencias extranjeras) que culminó en 1920 con el triunfo del “Ejército rojo”.

Durante la “Guerra Fría” sólo EEUU y la URSS  poseían el carácter de “superpotencias” y, durante décadas, el enfrentamiento entre ambos adquirió un carácter global. Desde la desintegración de la URRSS, a principio de los 90´, Rusia abandonó la “versión canónica” de los sucesos revolucionarios de 1917. Hasta ese momento, esta revolución pertenecía a la categoría de las revoluciones que habían dado “nacimiento a una nación”, crearon una estructura institucional perdurable y fueron origen de un mito nacional. Al desaparecer la nación soviética, la propia revolución debió ser reclasificada, repensada como un episodio de la historia de rusa. Los sucesivos gobiernos han ido modificando la forma de interpretar los hechos de 1917, no sólo la “Revolución de octubre” sino también la “Revolución de febrero”.

Boris Yeltsin, primer presidente de la Rusia post soviética recurrió a la Rusia prerrevolucionaria para reconstituir la identidad nacional y presentó a esa época como un período de esplendor y grandeza, desviado de su “curso natural” por la “Revolución de octubre”. En esta línea, sustituyó la bandera soviética por la bandera tricolor de la época zarista, restableció las estrechas relaciones con la Iglesia Ortodoxa y reemplazó el himno soviético.

Vladimir Putin ha estado en el poder, sea como presidente o como primer ministro, desde 1999 hasta la actualidad. Asumió la presidencia  provisional el último día del siglo pasado, debido a la renuncia de Yeltsin, cumplió dos mandatos presidenciales consecutivos y ocupó el cargo de primer ministro durante la presidencia de Dmitri Medvedev. En 2014 asumió por tercera vez y todo indica que se presentará a la reelección en marzo de 2018. Al igual que su predecesor, abandonó toda referencia al comunismo o al anticapitalismo y apeló al pasado para restaurar la identidad rusa pero recuperó y rehabilitó elementos soviéticos. Como reflejo de una suerte de “continuidad nostálgica”, al poco tiempo de asumir, decidió que el himno nacional fuera una adaptación del himno de la URRSS. Hace unos años afirmó que le seguían gustando mucho las ideas comunistas y socialistas y que el manual del “constructor del comunismo” se asemejaba mucho a la Biblia.

Esto no representa una anomalía, la Rusia actual está repleta de simbología y monumentos de la era soviética. Es como si en este aspecto no fuera posible romper tajantemente con  el pasado. Putin también se ha negado a retirar la momia de Lenin del mausoleo de la plaza Roja. Sin embargo, en algunas ocasiones, ha criticado al fundador de la URSS y a los bolcheviques, acusándolos de “traidores a la patria” por desear la derrota rusa en  la guerra; ha llegado a decir que los rusos “no necesitábamos la revolución mundial”.

Uno de los pilares del proyecto político de Putin es reponer una historia “positiva” de Rusia y reflejarla en los nuevos manuales escolares. Se propuso incorporar la historia soviética, dejando de lado su costado más utópico, sus derivas sangrientas y resaltando su componente modernizador. De este modo la “Gran Guerra Patriótica”, el enfrentamiento contra la Alemania nazi (1941-1945), se volvió un verdadero mito de origen y fundamento de la identidad nacional. El “Día de la Victoria”, el 9 de mayo, se convirtió en la principal conmemoración, dando lugar a enormes celebraciones populares e imponentes desfiles militares.

Por el contrario, los acontecimientos de 1917 siempre resultaron una incomodidad para los gobiernos post soviéticos. Esta dificultad se refleja en los vaivenes sufridos por el feriado del 7 de noviembre, el otrora día de la “Gran Revolución Socialista de Octubre”. Yeltsin intentó eliminarlo como feriado y, si bien no lo logró, lo vació de contenido. El feriado fue eliminado en 2004 y reemplazado por el “Día de la Unidad nacional”, el 4 de noviembre, en homenaje a la expulsión de Moscú de los invasores polacos y letones en 1612.

En diciembre de 2016 Putin encomendó a la Sociedad Histórica Rusa (SHR) la formación de un comité encargado de organizar la conmemoración del centenario de lo que, tratando de parecer neutral, denominó “la revolución en Rusia”. El comité incluyó figuras independientes y críticos del poder, ministros y responsables de la Iglesia ortodoxa, pero ningún miembro del Partido Comunista o de los partidos monárquicos. Esta institución organizó más de 500 manifestaciones artísticas, conferencias, mesas redondas, exposiciones o festivales de cine. Putin fijó el rumbo que debía seguir el comité: “las lecciones de historia sirven ante todo para la reconciliación y el fortalecimiento de la armonía política, social y civil”. El Ministro de Cultura, Vladimir Medinsky, uno de los principales ideólogos del relato oficial, sugirió que la conmemoración de los centenarios no debía incluir desfiles militares o actos públicos.

Los rasgos más democráticos y disruptivos de la revolución resultan profundamente desagradables para Putin. La misma palabra “revolución” tiene connotaciones negativas y peligrosas para el gobierno actual y es inseparable de 1917. No es posible minimizar o esterilizar estos eventos, son demasiado significativos para ignorarlos. En cierto modo, 1917 implica una tragedia a conjurar. Desde una visión conservadora, la prioridad es preservar “la actual concordia política y civil”.

El 12 de marzo de 2017, el día en que se cumplían cien años del inicio de la “Revolución de febrero” pasó casi desapercibido para la mayoría de los rusos. Faltan muy pocos días para el centenario de la “Revolución de octubre”, se anunció que los actos conmemorativos oficiales serán austeros, de ningún modo, el gobierno promoverá eventos públicos o movilizaciones callejeras. Como en febrero, tampoco será declarado día feriado. Los aniversarios del centenario servirán para presentar a la revolución como una tragedia, una fuente de desestabilización, haciendo referencia a la situación actual de Ucrania y una advertencia para cualquiera que en Rusia desee optar por un camino revolucionario.

Emperador Ruso Nicholas II (1868–1918) Septiembre 1917.

Si 1917 es sólo interpelado e interpretado en clave de tragedia, desde el poder, no queda otro camino que abogar por una necesaria reconciliación. Sin embargo, este deseo tampoco sería tan alcanzable porque las dificultades existentes para enmarcar estos complejos sucesos en un único relato son enormes. Para Putin el trágico destino del Zar es un reflejo de lo que la falta de unidad del poder puede causar. En cierto modo, añora algunos aspectos de la URSS, pero desconfía profundamente del tipo de levantamiento popular que le dio origen. De hecho, la Rusia actual se parece en muchos aspectos al tipo de país que hubieran construido los “Ejércitos blancos” si hubieran triunfado. El conservadurismo social, la alianza con la Iglesia ortodoxa y la limitada tolerancia frente a la disidencia son una versión actualizada de la era zarista. Se ha restaurando la Santa Rusia: una sociedad donde el gobernante y la Iglesia están unidos, la disidencia es traición y la policía ausculta el descontento popular.

La interpretación de la conmemoración oficial del centenario de las revoluciones de 1917 debe tener en cuenta algunos de estos aspectos. Aunque, como mencionamos, las dificultades para construir un discurso histórico coherente sean enormes y, como durante la época soviética, el pasado “siga siendo imprevisible”.

Acerca del autor/ Rafael Briano

Lic. En Ciencia Política (UBA), docente de Introducción a las Ciencias Políticas, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata y docente de Análisis de la información internacional, Facultad de periodismo y comunicación, Universidad FASTA.

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