Poéticas

Concurso literario “La Edad de Oro”

Elogio a la locura

Por Mora Peretti Milazzo

La cátedra Abierta José Martí, del Programa de Estudios Latinoamericanos del Instituto de Estudios Iniciales, realizó en mayo del año pasado el Concurso literario “La Edad de Oro” del que participaron alumnos de la universidad, estudiantes de las escuelas secundarias e Institutos Terciarios y Técnicos de la región. Las Cátedras Martianas, impulsadas en conjunto por la Embajada de Cuba, el Centro de Estudios Martianos de la Habana y la Asociación de Educadores de Latinoamérica y el Caribe (AELAC), son espacios académicos que tienen por finalidad favorecer el conocimiento, la promoción y el estudio de la vida y obra de  José Martí como uno de los más grandes pensadores latinoamericanos. El concurso tomó el nombre de la emblemática publicación para niños que Martí publicó en Nueva York en el año 1889. La premiación se realizó el 18 de abril del corriente año y contó con la presencia del Embajador de Cuba y de todos los ganadores. Elogio a la locura de Mora Peretti fue elegido como mejor cuento.

En el momento que esto pasó, yo trabajaba en el manicomio. Nunca tuve un gran interés en las historias de las personas encerradas ahí; me parecía absurdo interesarse por personas que ya no estaban cuerdas, y las razones de su asilo, por lo general, siempre eran las mismas: algún tipo de trauma en el pasado, por ejemplo una chica llamada Myra Hindley*. Su historia comienza cuando su mejor amigo, de 13 años, la invitó a nadar. Ella no aceptó (seguramente tenía algún plan para ese entonces), y lo que pasó después sorprendió a muchas personas: su mejor amigo se había ahogado y ella terminó culpándose por la muerte y cambiándose a la misma religión que él y muchas cosas más que ignoro; la chica terminó matando a muchas personas (niños en su mayoría); finalmente la atraparon cuando mató a una niña de 12 años en presencia de su cuñado. Le pidió al hombre que la ayudara a enterrar el cuerpo, y él, con una buena excusa, salió de allí con la promesa de “volver para acabar con el cuerpo”. El cuñado de Myra se dirigió a la estación de policías, un momento más tarde arrestaron a la asesina junto con su cómplice y pareja, Ian Brady.

Siempre me perturbaron las historias de estos locos, y lo digo en serio. Pero en particular, hubo un caso que no me perturbó para nada, es más, me sorprendió.

Mientras hojeaba las fichas de los nuevos miembros del manicomio, algo llamó mucho mi atención. Por lo general recibíamos personas de mediana edad, pero esta vez, pude ver la imagen de una niña de pelo rubio, atado con un bonito moño negro; dientes blancuzcos que mostraba con una extensa sonrisa; y unos ojos azules hielo que te miraban con dulzura y a la vez con una oscuridad extraña, daban escalofríos. ¿Alguna vez sintieron que se les ponen los pelos de punta solo por un presentimiento, una sensación extraña o una imagen que en verdad no querían ver? Bueno, eso sentía yo cuando veía la imagen de aquella niña. Seguí leyendo la ficha, su nombre era Alicia Maravilia, tenía 11 años (aunque parecía aún menor), y se diagnosticó que el grado de su locura era muy alto. Su historia era simple: demasiada imaginación; mundos extraños, lo que me parecía normal en una niña de su edad.

Pasaron los días y sentí más intriga por la vida de Alicia. Les pregunté a los doctores si podían darme un poco más de información, no me bastaba saber que tenía una gran imaginación (ya podría darse cuenta de eso cualquiera, con solo ver la cara de los médicos al salir de la “habitación” de Alicia). Quería saber más; cualquier información me bastaba, cómo se llamaban sus padres, si tenía hermanos o no, cualquier cosa que tuviera que ver con su pasado, pero los médicos en cierta forma se negaban. Me decían lo que hacían con ella cuando iban a verla, lo que ella les decía, etc; y como ya les dije, no me bastaba. Quería su pasado, no los experimentos con ella.

Esa niña despertaba algo en mí cada vez que la miraba por los monitores; hacía cosas extrañas como por ejemplo mirar debajo de su cama, escarbar el suelo con sus pequeñas manos (suelo liso de cemento) hasta que estas quedaran rojas, o simplemente hablar con la pared. Algo que noté y que me dio mucha simpatía era que cuando hablaba con la pared se refería a ella como Conejo Blanco, Sombrerero, Gato, entre un millón de otros personajes que su mente le hacía ver.

Poco a poco, su locura comenzó a atraparme, cada vez más interesado en el tema, dejaba de prestarle atención a los monitores que no contenían a Alicia en ellos. Las personas comenzaron a preocuparse por mí; dejé de comer, me iba del lugar muy tarde y comencé a escribir en mi cuaderno “Maravilia, Alicia” sucesivamente, llenando hojas y hojas con su nombre.

Cuando mi estado fue más visible para el resto de las personas, empezaron a preocuparse obsesivamente. Decían que debía faltar tal día para descansar de la presión que me causaba el trabajo. Pero no podía sacarme de la cabeza la mirada de Alicia, con su sonrisa de oreja a oreja, sus blancos dientes y el pelo rubio.

Cada vez que podía la observaba. La veía, no como todos lo hacían, no como a una loca sino como a una niña que no sabe que vive en un mundo donde la menosprecian, donde deben analizarle cada paso, cada movimiento. La veía como una niña feliz en su propia realidad, en su mundo libre; y hasta sentía envidia hacia ella, era tan feliz, condenada a vivir en su propia mente, que no hacía caso a las opiniones de las demás personas a su alrededor, no las necesitaba. Mirándola a ella veía cómo mi deseo de estar completamente loco aumentaba día a día, quería cambiar de lugar con Alicia, ser yo el que vivía en un mundo externo, que no me importara nada.

Amaba su locura cada vez más. Tanto, que me volví parte de ella: empecé a ver gatos sonrientes; mesas largas en medio de la calle, y encima de ellas, millones y millones de tazas de té, con liquido dentro. Hasta es más, en las noches soñaba que caía en un pozo sin fondo, y que en mi caída la mirada hielo de Alicia me perseguía por todos lados, no solo eso, sino también una sonrisa blanca que desaparecía tras distintos brillos que caían.

Dejé de comer, y comencé a tomar mucho pero mucho té, esto hizo que mi figura se deformara y tomara una forma esbelta, totalmente distinta a lo que yo era ( un hombre robusto y relleno); dejé de prestar atención a las palabras de mis compañeros de trabajo, luego a las de mi jefe, siguió las de mis amigos y terminé sin hacer caso siquiera a mi hermano; solo seguía a una voz profunda, que de tanto en tanto inhalaba y exhalaba como si estuviese fumando e iba narrando cada movimiento que hacía.

Ahora, cada vez que miraba a Alicia, la veía como una amiga con la que nunca hablo, pero que ambos estamos alineados en una misma dirección. Varias veces ella se quedaba mirando la cámara, mientras decía algo que ya ni me molestaba escuchar, veía sus labios moverse y su sonrisa desaparecer a lo largo del tiempo. Luego de meses de tratamiento, Alicia no sonreía y los médicos salían con cara de satisfacción de su “habitación”; al tiempo, la ficha de Alicia desapareció al igual que su presencia en las cámaras, y se agregó a los pacientes curados y me dejó siendo el único que iba en la misma dirección en la que antes ambos íbamos, me contagió su locura y me dejó solo en ella.

 

*Caso real. Link: http://criminologiaycriminalisticafb.blogspot.com.ar/2013/01/casos-famosos-de-locura-compartida-1.html

 

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Comments are closed.