Notas

Caza y carnivoría

Cadáveres exquisitos

Por Bruno Carpinetti

La foto del empresario Matías Garfunkel y Victoria Vanucci posando con animales muertos circuló amplificada por los medios de comunicación. Para Bruno Carpinetti fue un disparador para discutir (y provocarnos) desprejuiciadamente acerca de la caza y el consumo de carne como fenómeno esencial de la especie humana a lo largo de la historia.

En los últimos tiempos y a raíz de la indignación producida por la difusión de las fotos del empresario Matías Garfunkel y su esposa, posando junto a animales muertos durante un safari en Africa, se instaló en los medios de comunicación la discusión sobre la legitimidad de la caza, y su lógica derivación sobre la muerte de animales para alimentación humana.

Más allá de las reacciones histéricas y de las posturas ambiguas de los que ofician de animadores de los medios de comunicación de masas, y de la amplificación que el tema ha tenido en las redes sociales, en éste artículo intentaremos esbozar algunas reflexiones menos coyunturales sobre el tema.

Breve genealogía de la caza

En las sociedades occidentales existe una creciente percepción sobre los cazadores -aquellos que capturan y dan muerte a animales silvestres- como personas que realizan actos “inmorales” y que contribuyen a la “destrucción” de la naturaleza. Aun para los que reivindicamos la caza como un fenómeno constituyente de la propia especie humana, el dar muerte a un animal solo a causa del simbolismo que esto tiene en relación a la exhibición de poder, de aquellos que deciden caprichosamente sobre vidas y destinos de seres humanos y biodiversidad, produce un profundo desagrado y repudio.

Sin embargo, independientemente de lo ajeno que el fenómeno resulta para las actuales poblaciones urbanas, la caza es el modo de subsistencia más antiguo y difundido de la especie humana, y el éxito de esta adaptación en sus dimensiones sociales, técnicas y psicológicas, ha dominado el curso de la evolución del hombre desde hace varios cientos de miles de años. Nuestro intelecto, emociones, intereses e incluso las bases de nuestra vida social, son todos productos evolutivos de las adaptaciones a la caza. Esto es así a tal punto, que cuando hablamos de la “unidad” e “igualdad” de la especie humana, lo que subyace a ese concepto es la afirmación de que las presiones de selección del modo de vida cazador han sido tan similares –y tan “exitosas”– que todas las poblaciones de Homo sapiens del mundo no difieren mayormente entre sí.

ona selknam

Probablemente, la importancia del modo de vida cazador como modelador de la especie humana, esté reflejado en la duración que éste ha tenido a lo largo de la historia de la especie. El género Homo ha existido aproximadamente durante los últimos 2.000.000 años, aunque la agricultura ha hecho su aparición hace apenas una decena de miles de años. El modo de vida agricultor, ha dominado apenas un porcentaje minúsculo de la historia de la humanidad, y no existen evidencias de cambios biológicos importantes durante este período de tiempo.

Posteriormente, las revoluciones industrial y científica han liberado a la humanidad de las restricciones en las que esta se desarrollo durante más del 99% de su historia, pero la biología de nuestra especie fue creada durante ese prolongadísimo período de tiempo en el que fuimos cazadores. Sostener la unidad de la especie humana es afirmar la importancia del modo de vida cazador. La singular biología, cultura y psicología que nos separan del resto de los primates superiores como gorilas, chimpancés y orangutanes, se la debemos a nuestro pasado cazador. Resulta entonces inevitable, para aquellos que auténticamente desean entender el origen y la naturaleza del comportamiento de nuestra especie, evitar análisis y reflexiones superfluas e intentar comprender en toda su complejidad al “cazador humano”.

¿Disfrutando el cadáver?

Aunque la producción ganadera, y el consumo de carne se han incrementado de manera dramática en los últimos cien años, la gran mayoría de la población de los países industrializados y la población urbana mundial ha sido paulatinamente separada del proceso de transformación de un animal vivo en carne destinada al consumo.

Tal como ya hace tiempo señalara Norbert Elías en “El Proceso de la Civilización”, existe en occidente una asociación entre lo “civilizado” y el sentimiento de rechazo que produce el matar animales para alimentarse. De esta manera, actualmente en el arte gastronómico y el marketing de la industria alimentaria, cualquier aspecto que nos recuerde que el plato que vamos a servirnos tiene algo que ver con la muerte de un animal es deliberadamente evitado.

Sin embargo, comer carne es lo que a lo largo de la evolución nos ha permitido convertirnos en lo que hoy somos como especie. Tanto el incremento del tamaño del cerebro como el desarrollo de la cooperación –que hoy permite por ejemplo inventar la pintura en aerosol, expresar ideas abstractas en paredes y organizar marchas y otras expresiones sociales colectivas en contra de la caceria y el consumo de carne– es un producto evolutivo de la caza cooperativa de grandes mamíferos y el acceso a cantidades importantes de proteína animal. Semejante salto evolutivo ha dado lugar al surgimiento de una innovación biológica/cultural que es la base de la condición humana por excelencia: el libre albedrío. Gracias a eso, algun@s pueden elegir su identidad cultural, su dieta o su sexualidad y hacer de eso una bandera política.

El consumo de carne es un fenómeno intrínsecamente ligado al acto de matar que no deja lugar para el doble standard moral. Los planteos éticos de los que deciden alimentarse con productos que no impliquen la muerte ni el sufrimiento de ningun animal son absolutamente legítimos –el libre albedrío es una innovación tan potente, que más allá de lo que los humanos ”son”, nos permite decidir lo que “queremos ser”- pero condenar la caza mientras se hace silencio sobre la manera en que masivamente se producen los alimentos de origen animal que llegan a los supermercados, donde además los que ofician como torturadores y verdugos de los animales estan bien lejos de las casas de quienes consumen los cadaveres, no parece tampoco una postura demasiado digna.

asado a la estaca

El capitalismo y el miedo a la muerte

Según el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en el miedo a la muerte reside la dimensión arcaica del capitalismo. La superación de la muerte – la negación de la finitud material de un sistema que necesita de la constante expansion- está en el centro de la economía capitalista y de su filosofía. En la sociedad capitalista contemporánea, la muerte y todo lo que nos recuerde a ella, es expulsada y negada; se la rechaza y se la esconde. Mataderos, cementerios, hospitales y geriátricos son espacios marginales y crípticos en una sociedad que entroniza el culto de la eterna juventud y oculta los cuerpos sin vida o agonizantes.

Paradójicamente, en la actualidad, los absurdos esfuerzos para escapar de la finitud natural acumulando riqueza sin fin, están socavando las condiciones ambientales para la vida moderna.

Antes de la Modernidad, la violencia era omnipresente, pero sobre todo era cotidiana y visible. No solo se la practicaba, sino que se la exhibía. Los poderosos ostentaban su poder imponiendo la muerte en escenarios de especial crueldad. Representando la violencia y su puesta en escena teatral, una parte esencial del poder y la dominación. En este sentido deben interpretarse las fotos de Garfunkel como verdugo de exóticos animales. Las reacciones en los medios de comunicación de masas y la imposibilidad de reflexionar seriamente sobre el tema de la caza son producto de la negación de la muerte en la filosofía capitalista, sin embargo lo auténticamente revulsivo de este empresario es su condición de hombre poderoso “premoderno”, que exhibe su violencia gracias al dinero disponiendo absolutamente de cuerpos (vació el Grupo XXIII dejando en la calle a cientos de trabajadores sin siquiera indemnizarlos) de objetos (está procesado por contrabando de obras de arte y antigüedades) y finalmente de vidas (La tarifa para cazar un elefante con African Sky Hunting, empresa contratada por Garfunkel-Vanucci, es de US$ 38.000. La caza de leones costaba US$ 19.500, mientras que los hipopótamos cotizan a US$ 7.950.)

Para transformar fundamentalmente el capitalismo hay que transformar el miedo existencial que lo alimenta. Contra lo que las reacciones histéricas de los comunicadores de masas reflejan en el tratamiento de estos temas, la impermanencia está entretejida en la naturaleza de la vida, por lo que afirmar la muerte y otorgarle el lugar que realmente tiene en el funcionamiento del mundo natural es amar la vida en toda su riqueza.

Quizas haya llegado el momento de preguntarnos al igual que Freud en el cierre de su ensayo “De Guerra y Muerte” si “¿No sería mejor dar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde y dejar volver a la superficie nuestra actitud inconsciente ante la muerte, que hasta ahora hemos reprimido tan cuidadosamente? Esto no parece constituir un progreso, sino más bien en algunos aspectos una regresión; pero ofrece la ventaja de tener más en cuenta la verdad y hacer de nuevo más soportable la vida”.

Acerca del autor/a / Bruno Carpinetti

Bruno Carpinetti
Bruno Carpinetti es Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestria en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires. Actualmente es Doctorando en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones donde acaba de presentar su tesis “Colonialismo verde. Ecología política de la conservación de la naturaleza en Guinea Ecuatorial”. Es Profesor Titular de Ecología y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche.

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